A
propósito de los 12 años de los Pumas sin ser campeones
Crónica de un linchamiento no consumado
Rodrigo
de Buen
Sábado 22 de junio de 1991.
Esta
historia transcurre en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria,
la fecha citada corresponde a la del juego de vuelta de la gran
final del campeonato mexicano de futbol soccer en su temporada 90-91.
Ese día, los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma
de México se enfrentaban al odiado rival: las águilas
del América. El marcador del juego de ida marcaba una ligera
ventaja para el equipo de Coapa con un 3-2 que los felinos podían
sortear.
Con
un gol le bastaba a la Universidad para proclamarse campeón
de este torneo, cosa que a la postre así sucedió.
Sin
embargo, dentro del infinito mar de historias y sentimientos que
se pueden rescatar de ese día, hay una particularmente que
deseo compartir con el auditorio del HdelK, pues me tocó
vivirla plenamente.
El
juego comenzaría a las 14:00 horas (un horario “raro”
para el común de los juegos de los Pumas en C.U.), y ahí
estábamos. Vine desde Cuernavaca junto con mi padre para
ser testigos del desenlace de lo que había sido simple y
sencillamente una temporada de ensueño de nuestros queridos
Pumas: de 38 partidos disputados, ganaron en 25 ocasiones, empataron
5 y perdieron ocho para sumar un total de 55 puntos, con 67 goles
a favor y 30 en contra, fueron el primer lugar en todos los departamentos.
Líderes absolutos de la competencia y además, tuvieron
en sus filas al campeón de goleo de ese año: Luis
García con 22 anotaciones. El estilo de juego que habían
desplegado los Pumas, de la mano de su técnico Miguel Mejía
Barón, había cautivado a propios y extraños.
Un equilibrio entre ofensiva y defensiva, aunado a esa fabulosa
mezcla de jugadores veteranos con jóvenes, le dieron a los
Pumas una amalgama que no se ha vuelto a presentar en los siguientes
años.
Alrededor
de las 12:30 del día ya habíamos llegado al inmueble
del Pedregal y yo había quedado de verme a las afueras de
la rampa de acceso número 4 con mi primo Andrés. Mi
papá se metió al estadio antes para buscar a mi tío
Luis Eduardo y asegurar los lugares que ocuparíamos durante
el juego.
Ahí
estaba yo, afuera, esperando a mi primo, de quien vale decirlo,
es un americanista recalcitrante hasta la médula y siempre,
durante mi niñez, tuve que aguantarme las burlas ocasionadas
por el par de campeonatos que los de amarillo nos habían
ganado en 84-85 y 87-88. Andrés es medio año más
chico que yo y comenzaba a desesperarme el hecho de que no fuese
puntual como habíamos quedado para vernos afuera del Estadio.
Podrán
imaginarse ustedes la gran cantidad de gente que hacia fila para
entrar y a mí, lo cierto es que la ansiedad comenzaba a invadirme,
pues yo deseaba poder estar ya adentro para ser testigo y partícipe
de las innumerables Goyas que se escuchaban afuera.
Por
fin mi primo llegó al filo de las 13:15 horas. De milagro
pudimos entrar, ya que quince minutos más tarde supimos que
las puertas del estadio las habían cerrado pues el gran coloso
registraba un lleno impresionante y no cabía un alma más,
dejando a muchas personas con boleto en mano afuera aun y a pesar
de los evidentes reclamos y enojos que ello provocó.
Hay
que recordar que esta medida fue tomada sin duda, por el terrible
recuerdo que acompaña al estadio desde 1985 cuando en la
final de aquella temporada –también contra el América-
se registró un sobre cupo que terminó con la muerte
de varias personas en el mal recordado túnel 29 de acceso.
Seguramente que las autoridades encargadas de la protección
civil el día de este evento, no querían que llegara
a suceder un acontecimiento como el anterior.
Andrés
iba de pants, con una playera blanca si mal no recuerdo y cargando
una bolsa de plástico en la que guardaba un par de tortas
que su mamá (mi tía Conchita), le había hecho
acompañado del indispensable refresco o jugo para la ocasión.
Llevaba también, un par de objetos más que estoy seguro,
nunca en su vida se hubiera imaginado lo llegarían a poner
en la situación que viviría más adelante, apenas
termináramos de cruzar el túnel de acceso 14 para
buscar a mi papá y acomodarnos en nuestros lugares.
Es
justo decir aquí, que en 1991 no se habían desarrollado
las populares barras que actualmente acompañan a la gran
mayoría de los equipos de futbol en México. En aquella
época, apenas y se comenzaba a conocer a la conocida porra
Plus Pumas que ocupaba un lugar preponderante en el segundo nivel
del estadio del lado, del palomar es decir, del lado de la porra
de los Pumas.
Hecha
esta pertinente aclaración, continúo con mi primo
Andrés. Salimos del túnel y me encaminé por
las escaleras que bajan al pasillo que comunica a las gradas de
la parte de abajo. Realmente era impresionante el lleno que había
en el estadio cuando faltaba poco más de una hora para que
el juego diera inicio. Evidentemente que no lograba ver a mi papá
ni a mis tíos Luis y Ricardo.
En
esas me encontraba yo cuando de repente la angustia y el miedo me
invadieron por completo: estaban madreándose a mi primo.
Resulta
que al buen Andrés se le ocurrió entrar, en pleno
lado de la porra auriazul, portando una visible y amarilla gorra
con el escudo del odiado rival. No contento con esta afrenta, al
menso se le ocurrió sacar otro objeto que traía en
la bolsa de las tortas....un discreto banderín del América
que orgulloso, comenzó a ondear. Yo no había reparado
en la gorra que traía hasta ese momento Estos dos objetos
fueron motivo de su calvario. Comenzaron por gritarle un montón
de cosas que ya podrán ustedes imaginarse.
Decía
yo que faltaba más de una hora para que comenzara el juego
y a la gente se le hizo fácil “entretenerse”
con este individuo que había osado cruzar portando estas
indumentarias. De los gritos e improperios que le recordaban a la
mujer más sagrada de su casa, se pasó a la amedrentación
física. Nunca falta en estos casos el vivo que, cobijado
por toda una porra, se lanza a la aventura de comenzar tirando zapes
para después quitarle la gorra y hacerse el gracioso a costas
de alguien. Eso le estaba sucediendo a Andrés. Atónito
era yo testigo de lo que estaba ocurriendo. Obviamente que yo estaba
del lado de mi primo (con todo y que le iba al América, pues
él era el menos culpable de eso, si acaso, ahí la
culpa era añeja y le correspondía a su papá
por haberlo encaminado por tan mal gusto y predilección futbolística),
pero eso era lo de menos en aquel instante.
Entre
que buscaba con la mirada afanosamente a mi papá o alguna
cara conocida y que me ponía del lado de mi primo para defenderlo
de los ataques que era objeto, yo sentía que el estadio se
nos venía encima. “Fuera, fuera, hijo de Televisa,
cabrón de mierda, te vas a morir”, y otras más,
por decir lo menos, era el aderezo con el cual la fiel porra universitaria
trataba al buen Andy.
Su
gorra ya no era suya y mientras quería recuperarla del salero
que se formó en medio del pasillo, otro tipo le trataba de
arrancar de sus manos la pinche banderita. Andrés se aferraba
al trapo, escuché como se rompía el frágil
palo de madera y como se alzaba en medio de la multitud en aras
de recuperar su visera.
Por
supuesto que no cabía la calma, por supuesto que me daba
cuenta de que aquello se estaba saliendo de control. Vi como de
repente alguien le acomodó un buen llegue a la cabeza y como
otro fulano le lanzaba una patada que alcanzó a esquivar.
Yo me puse en medio y trataba de tranquilizar a la horda felina.
Recuerdo que un tipo me increpó que si yo también
le iba al América. Aquí, cabe hacer otra aclaración.
Podrán imaginarse amigos del HdelK que prácticamente
desde niño llevo tatuados en mi piel los queridos colores
azul y oro de nuestra Alma Mater.
Fui
niño Pumita, tuve mi primer contacto con la Universidad a
los cinco o seis años pues mi madre trabajaba en el Instituto
de Geografía y, por el lado de mi papá, no hay un
De Buen que no sea Puma y que no haya dejado de alguna manera su
huella ya fuese en lo académico o en lo deportivo. Se trataba
de una final y podrán entonces imaginarse como iba ataviado
ese día un servidor: pantalón de mezclilla, gorra
azul marina con el escudo de nuestro equipo, playera oficial de
color azul con un enorme puma de oro en el pecho, además
de una chamarra 100% universitaria. Creo que solo me faltaba pintarme
la cara con algún motivo más de la UNAM.
Es
decir que la estúpida pregunta del tipo sobre si yo también
le iba al América no venía al caso y era una afrenta
a la indumentaria que portaba orgulloso aquella tarde. La situación
era cada vez más angustiante, Andrés recibía
candela por todos lados. Los gritos eran asfixiantes y los golpes
que el comenzaba a recibir no los podía sortear por más
tiempo.
Milagrosamente
–y así lo pienso todavía hoy- como un ángel
caído del cielo, se apareció Luis Eduardo. Entró
al quite, pero no para fajarse a golpes, sino que con mucho tino
y visión, negoció que le devolvieran la gorra a Andrés
y les dejó en prenda lo que quedaba de la bandera a la cual
Andy miraba y trataba de agarrar con tristeza. Luis le dijo, “dáselas
por favor, no te pongas por el momento esa gorra y sígueme”.
Lo tomó del hombro, le dijo que no volteara ni hiciera caso
ni caras a todo lo que le decían. Yo imagino que Andrés
se quedó no solo con las ganas de haberse llevado su bandera,
sino que también, a más de uno, le quiso devolver
la cortesía de la mentada o de los golpes y las burlas que
había sido objeto y que acababa de recibir.
Yo
tampoco voltee y solo recuerdo que caminamos hasta llegar a la parte
donde se encontraban las demás personas –amigos y familiares
incluido mi augusto padre- en donde nos acomodamos para esperar
el inicio del juego y que era justo detrás de la portería
donde más adelante, Ricardo Tuca Ferreti conseguiría
el gol que le daría a los Pumas su tercer campeonato de la
Primera División.
La
cara de Andrés después del numerito no se le hubiera
ocurrido nunca inventarla a Héctor Suárez. Estaba
pálido y no daba crédito de lo que le acababa de ocurrir.
Mentaba madres en corto y decía que así eran todos
los Pumas. Lo cierto es de que la libró...y la libró
bien. Recuerdo que se puso su gorra al revés, sacó
sus tortas, se las comió y ahí se mantuvo. Sentadito
y calladito. Atónito y con el susto en su memoria.
Le
faltaba aun, padecer lo que más adelante acontecería:
la victoria de los Pumas y el ver a su primo festejar –y desquitarse
de paso- por el campeonato que obtenía la UNAM además
de las burlas, mesuradas, pues no me agandallé tanto como
hubiera querido por todo lo vivido antes, y que desde niño
me quise cobrar.
Así
las cosas, los felinos llegaron a su cita con el destino en la fecha
ya citada y el marco que presentaba el Estadio Olímpico Universitario
era inmejorable. Un lleno hasta el tope y una afición que
había comulgado con su equipo desde el principio de esa temporada.
Solo faltaba ponerle la cereza a ese pastel y, a diferencia de años
anteriores, en los que el título se le había negado
a los Pumas jugando precisamente la final ante el América,
ahora se respiraba un aire distinto y la confianza en el equipo
estaba más que puesta para ganarle al América, desquitarse
de tantas finales fallidas y coronar una temporada que fue de ensueño.
Aquella
tarde, corría el minuto 11 de acción cuando una falta,
decretada en los linderos del área grande en contra del América,
fue cobrada de forma magistral por Ricardo Tuca Ferreti como ya
mencioné. Un potente disparo de pierna derecha que superó
a la barrera y le dobló la mano izquierda al arquero Adrián
Chávez, se incrustó en el ángulo superior derecho
de la portería que da a la entrada de la puerta de maratón.
Era el gol de la quiniela, era el gol del campeonato y era la llave
para abrir a un equipo que se había plantado de manera defensiva,
buscando conservar la ventaja ganada en el juego de ida.
Pero
para este equipo de la Universidad no había imposibles y,
al menos ese año, todo, absolutamente todo, se podía
esperar de los Pumas, quienes, afanosamente buscaron incrementar
la ventaja, pero la defensiva del América se fajó
en serio y ya no caerían más goles. Esa tarde, el
final no pudo haber sido más dramático: se jugaban
ya los últimos minutos del encuentro, prácticamente
se estaba en tiempo de compensación, en la tribuna el ánimo
era de nerviosismo, histeria y felicidad, una rara mezcla de sentimientos
encontrados aderezados con el clásico grito del Goya, mientras
tanto, en la cancha se jugaban esos últimos instantes. El
América presionaba y buscaba a toda costa el gol de la igualada,
que significaba para ellos el del campeonato:
Jugada
por la banda izquierda, Edú abre el juego para Guillermo
Naranjo, este arrastra la pelota hasta la línea de fondo
y manda el centro aún y a pesar de la férrea marca
que le puso Miguel España. La pelota viajaba y llegó
a cerrar la pinza, tirándose al suelo y rematando con potencia
Alejandro Domínguez... un silencio absoluto se hace en el
estadio, y al fondo de la portería, recostándose y
abrazando como quizás nunca más ha vuelto a abrazar
un balón, la figura de Jorge Campos quien había evitado
con su intervención la caída de su marco. Pasaron
unos cuantos segundos, Campos despejaba la pelota y el arbitro Arturo
Brizio Carter silbaba el final del encuentro. Habían pasado
diez años del último título que los Pumas consiguieron
en la campaña de la 80-81, el júbilo estallaba en
la cazuela del pedregal, los Pumas se coronaban campeones del futbol
mexicano... todo era azul y oro aquella tarde. Ahora, han pasado
otra vez 10 años y la afición universitaria anhela
nuevamente poder ver a su equipo levantar el trofeo de campeones.
Universidad
Alineó aquella tarde con:
10.
Jorge Campos
2. Abraham Nava
13. Juan de Dios Ramírez Perales
18. Claudio Suárez
5. Roberto Medina
6. Miguel España (capitán)
7. Ricardo Ferreti
8. Alberto García Aspe
9. David Patiño
1. Juan Carlos Vera
12. Luis García
En
la Banca estaban:
20.
Sergio Bernal
17. José Antonio Tato Noriega
16. Marcos Misdrahi
15. Antonio Torres Servín
14. Constantino López
El Director Técnico era Miguel Mejía Barón,
y su auxiliar era Hugo Hernández Barrón
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TRÉMULAS
VOCES, ALTAS MURALLAS
Por Rafaela de Buen
La
lancha se acerca al muelle. En el muelle se ven dos figuras, un
hombre y una mujer, quietas, mirando fijamente la lancha. En la
lancha, rodeados por marinos ingleses de impecable uniforme, están
sentados otro hombre y otra mujer, de avanzada edad y cabezas blancas.
Son los rehenes. Es una mañana luminosa de sol. El 9 de agosto
de 1937, el puerto de Valencia despierta para recibirlos.
(Abuelo, ahora yo estoy en Barcelona,
-dijeron que Madrid era demasiado peligroso- ya hace un año
que dura la guerra, hace un año que sufres prisión
injusta, y aún no sé que estás a punto de regresar
, que pronto podré abrazarte de nuevo)
Creerán
que estoy dormido porque tengo los ojos cerrados. No me cabe en
ellos tanto cielo, tantos pájaros, tanto sol. Anoche, en
la cubierta del Aretusa, apenas podía creer que en el cielo
cupieran tantas estrellas. Y que el mar siguiera siendo tan profundo,
tan azul, tan negro, tan sin fin ...
Ya se acercan al muelle
donde su hijo y su nuera los esperan. De sus seis hijos, solo él
ha podido venir. Hay dos que visten uniforme y están en el
frente. A Eliseo, a Víctor, la guerra los dejó en
el lado contrario, quizás no los verá más.
Sadí perdió la vida en Córdoba; ¿cómo
habrá sido su fin? ¿le vendaron sus ojos? ¿o
pudo mirar fijamente a sus asesinos, preguntarles el porqué
de tanta sinrazón? Y todavía se atreven a negarlo,
todavía se atreven a ofrecerlo en canje, a despertar ilusiones,
sabiendo que está muerto, muerto. Su ausencia será
infinita.
Ya están en el muelle,
pero deben permanecer en la lancha mientras no lleguen los otros
dos rehenes. Los minutos se hacen horas y el abrazo que espera,
duele. Ha llegado el embajador inglés, quién actuará
como Ministro de Fe. Han llegado también maletas, de distintos
tamaños y colores, que también esperan.
¿Será
por fin la libertad? No quiero pensar ahora en aquellos cuatro mortales
días pasados a bordo del Galatea, viendo tan cercanos los
edificios del puerto de Barcelona, esos cuatro días de diciembre,
nublados y fríos, soñando con el encuentro con los
seres queridos y viendo como fracasaban las gestiones de canje,
cómo las esperanzas se desvanecían, cómo emprendíamos
el regreso a esa cárcel de la que había salido con
tantas ilusiones. Una gaviota pasa chillando sobre nosotros, la
oigo pero no la veo, solo veo mis recuerdos. De nuevo otro barco
inglés, el cazatorpederos Vance –hace apenas veinte
días- de nuevo una noche de libertad y una vez más
el fracaso, el regreso al Hospital de Palma. No más frustraciones,
no las soportaría ... Tengo miedo de abrir los ojos y ver
lo que no quiero, tengo miedo de no abrirlos y perderme la señal
que me hará libre.
Aprieta
con más fuerza la mano de Rafaela, que descansa en las suyas,
y abre los ojos. Todo está igual, nadie habla, tiene que
seguir esperando.
Ayer,
casi al atardecer, el Cónsul los dejó en la cubierta
del Aretusa. Recibidos como huéspedes ilustres, agasajados
y mimados por todos. Zarparon ya de noche y después de cenar,
él quiso pasear, solo, por la cubierta. Una noche de luna
y estrellas. Mientras se dirigía a popa, quién sabe
por qué, iba recitando el viejo romance:
Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día en que tú naciste
grandes señales había
(¡cuántas veces
he recitado yo ese romance! Volveremos a recitarlo, abuelo, los
dos juntos, cuando de nuevo pueda pasearme colgada de tu brazo,
como solíamos hacerlo antes, antes de que el mundo se volviera
insensato ...)
la mar estaba en calma
la luna estaba crecida,
hombre que en tal signo nace
no debe decir mentira.
No
debe decir mentira. Y él, como hombre, ha tratado de no decirla.
Ha vivido toda una vida queriendo ser leal a su verdad y a la vez
respetando las verdades ajenas. Porque sabe que si el pensamiento
no es libre, la humanidad tampoco lo será.
Las
luces del puerto de Palma se van alejando; son pequeñas estrellas
que le dicen adiós para siempre.
Palma
de Mallorca. Tantos momentos felices pasados en ella. Tantas satisfacciones,
tantas realizaciones en su larga carrera, asociadas a esa bella
ciudad, a esa bella isla. Nunca las olvidará. Prefiere olvidar
los muros de la cárcel, las cucarachas, las pulgas, las chinches
que a veces aparecían en la leche del desayuno y contra las
que se organizaban a diario largas cacerías. Olvidará
los bombardeos, los camastros improvisados en una habitación
de apenas treinta metros cuadrados, donde llegaron a ser veinticuatro
presos! Recordará a Luis, a Ricardo, a Jaime, a Pedro, a
Guillermo, a Bernardino, a Sebastián, a Vicente, a Gabriel,
a Tomás, a Pío, a Miguel, a tantos y tantos. Olvidará
las horas, los días, los meses pasados sin poder recibir
visitas, acompañado sólo por su angustia, sus sobresaltos,
su depresión. No podrá olvidar la noche del 24 de
febrero cuando cuatro hombres esperaban en el calabozo contiguo
el ser fusilados al amanecer ... Recordará su alivio cuando
fue trasladado al Hospital. Tenía fiebre y se mareaba, su
diabetes se había acentuado. Recordará que lo primero
que vio cuando entraron en la Sala donde varias camas blancas se
alineaban, fue la ventana. No era muy grande, unos vidrios pequeños
encerrados en un cuadriculado de madera. Pero era una ventana. La
primera que tenía a su alcance desde hacía meses.
Recordará que esa
noche soñó que se asomaba y que detrás de un
campo donde las flores tenían la altura de los niños,
se veía el mar, y en el mar, que era casi tan azul como el
cielo, flotaba su viejo laúd, el primer barco que él
comprara para el Laboratorio de Porto Pí. Desplegaba con
orgullo su gran vela latina, pero ya no era un barco científico,
había vuelto a ser el laúd contrabandista de sus primeros
tiempos y, en uno de sus palos, ondeaba una bandera pirata.
Recordará que lo
despertó un ruido de pasos, de voces, de risas, que atravesaba
la ventana, bien entrada la noche. Recordará que le costó
dormirse y que, al despertarse en la mañana, la ventana estaba
abierta y una paloma se paseaba por el alféizar. ¡Qué
maravilla, sus viejos ojos llenos de paloma!
Recordará al Director
del Hospital –alumno suyo en tiempos ya lejanos- que autorizó
las visitas de Rafaela y le permitió levantarse un rato todos
los días. Se recordará corriendo hacia la ventana
para ver una calle angosta, empedrada, niños que pasaban
riendo, casas de dos pisos de piedra amarilla, las puertas cerradas,
los postigos cerrados. Y la explicación. Era calle de prostíbulos.
Por eso las voces, el ruido nocturno. En la mañana, cuando
se oían las sirenas de los buques que entraban a puerto,
se apostaba: es un buque inglés, no, un italiano, no, un
francés ... Había que esperar la noche para saberlo:
los ingleses llegaban en taxi, los franceses en pequeños
grupos caminando lento, los italianos, en pelotones tumultuosos
...
Pero lo que no olvidará
nunca serán las tertulias alrededor de su cama, reunidos
para escucharle enfermos y enfermeros y monjas y médicos
y guardias, todos pendientes de su palabra; pocas veces su cátedra
tuvo un auditorio tan interesado, que interrumpía, que preguntaba,
que interpretaba, aportándole la fantasía de su curiosidad.
Y las preguntas del guardia Mir, que quería saber más
y más sobre sus palomos, que él adiestraba y que,
saciada su curiosidad, se lo agradeció haciéndolos
evolucionar sobre el patio, en impecable formación.
Nunca
olvidará el día que llegó el Cónsul
de Dinamarca, de rigurosa etiqueta, para comunicarle que le había
sido conferido, por la Comisión Internacional correspondiente,
el Premio Schmidt, premio que se concedía por primera vez
ese año. No era la primera distinción que recibía,
pero nunca soñó recibir una en aquellas circunstancias.
Ceremonia extraña, en sala sombría, muchas camas,
un banco de madera, un solemne diplomático escandinavo, varios
médicos y enfermeros de batas blancas, un policía
sorprendido, algunos guardias de asalto y sus compañeros
regocijados.
Debe
ser tarde. Tantos recuerdos siguen flotando en esa estela blanca
que el barco va dejando a sus espaldas. Las luces de Palma ya no
se ven. Él ve otras luces, de otros puertos de ese mismo
Mediterráneo que tanto ama, que es su casa.
Hace cincuenta años,
ve las luces de Tuggurt, al término de su primer viaje como
científico, ese viaje que duró meses, a bordo de la
fragata Blanca, barco-escuela de guardiamarinas, que participara
–decían- en la batalla de Callao, y que le inspiró
su primer libro, “De Cristianía a Tuggurt”, ese
libro del que le gustaba decir “obra escrita por un ingenuo
y no por un ingenio” ¡Cómo le gustaría
ahora volver a ser ingenuo! ¡No tener ese peso que curva sus
espaldas! Sin embargo, cree que sus alegrías han pesado más
que sus tristezas y de ahora en adelante quiere olvidar todo lo
que no merezca ser recordado.
Pensará en otro puerto,
el de Mónaco, hace veinticinco años, cuando estaba
al lado de su amigo y compañero en tantas campañas
científicas, el Príncipe Alberto, al que tanto le
gustaban los merengues y las chirimoyas –que juntos habían
disfrutado en Málaga- (yo aún no las
conozco, abuelo, pero pronto se cruzarán en mi destino, en
ese otro país, Chile, tan lejos de tu Mediterráneo,
donde nunca podré compartirlas contigo) y
que le había invitado para celebrar la inauguración
del Museo Oceanográfico del Principado. Allí está
todavía grabado su nombre, junto a otros, en la placa recordatoria,
al lado de la gran puerta de entrada. Y sus hijos, y los hijos de
sus hijos, y los hijos de los hijos de sus hijos podrán verlo
si algún día se detienen a leer. (Yo
lo vi, abuelo, yo lo vi. Tu nombre, escrito para siempre) No
verán como él vio llegar una nave primitiva que venía
a fundar la ciudad, y un Hércules disfrazado de Tita Rufo,
acompañado de sus soldados y marineros disfrazados de Coro
de la Ópera de París, y no oirán las dulces
melodías compuestas por Massenet para esa ocasión,
ni verán las miles de bengalas que él vio, formando
cataratas de fuego, blancas, rojas, azules, amarillas, que caían
silenciosamente sobre las aguas, ni oirán los aplausos de
miles y miles de manos resonando y repitiéndose por el eco,
como truenos sordos. Tampoco podrán sentir como él
sintió esa íntima alegría al comprobar que
todo aquello no era en honor de un guerrero victorioso, ni de un
soberano despótico, sino para celebrar la creación
de un nuevo templo para la Ciencia.
Empieza a sentir el frío
de la noche y decide abandonar sus recuerdos. En el camarote, una
vez dormido, sigue soñando.
Estaba
en Zuera y veía a mi padre tocando el órgano en la
iglesia, como si el órgano fuera su máquina de coser
en la sastrería. Y en vez de notas, iban saliendo algo como
unos trajes blancos con manchas negras, que yo me apresuraba a llevar
al establo de la tía Felisa, para abrigar bien a las vacas
porque el invierno iba a ser muy frío. Cuando todas estaban
bien vestidas yo recogía mi flauta de ébano y plata,
que acababa de limpiar con el aceite de almendras amargas, y salía
con ellas al campo. Llegábamos hasta el río Gállego,
contemplaba la línea de sus meandros y las manchas verdes
de la alfalfa, del maíz, de la remolacha, de los huertos
olorosos: veía los cerros de yeso, blancos, horadados por
las grutas que socavaron hombres buscando abrigo; miraba las lomas
pedregosas y el suelo tapizado de fragantes ontinas, llenas de flores.
Pensaba
en el mar, que aún no conocía. Era feliz. Sentía
olores, muchos olores. Nunca había soñado con olores,
con tantos olores. Olor a ontinas, a tomillos, olor a espliegos,
a retamos, olor a miel. Y ya de regreso, veía bajar a mi
abuela María, que venía de la fuente con su cántaro.
Yo tenía sed y le pedía agua: juntaba mis manos para
recogerla y ella inclinaba el cántaro que en vez de agua,
dejaba caer en mis manos muchos doblones de oro. Yo le decía
que sólo quería dos, los mismos que ya me había
dado una vez, uno para el viaje a la capital para estudiar, y el
otro por si me iba mal y tenía que volver. Pero ella me decía:
“Llevátelos todos, pueden hacerte falta si algún
día estás en prisión”. Le caían
lágrimas en el cántaro y yo desperté angustiado.
(Abuelo, yo también recuerdo
el establo de la tia Felisa, yo también acompañé
a las vacas blanquinegras, por los senderos que llevan al río.
Quizás fue tan sólo una vez, en esas vacaciones que
pasamos en tu casa, frente a la plaza, en esa casa que quisiste
construir en el pueblo que te vio nacer. Ni tú ni yo sabíamos
entonces que la guerra dejaría en ella demasiadas huellas.
Huellas de luchas entre hermanos, paredes que encerraron a hombres
destinados a la muerte por otros hombres, muchas lágrimas,
mucho dolor)
Por
la mañana, una calle de oficiales ingleses nos esperaba para
despedirnos, manos apretadas a las nuestras nos deseaban suerte
y cientos de miradas de todos los marineros en cubierta convergían
en nosotros, guardando, quizás mientras vivieran, la imagen
de esa nueva y vieja libertad que venía a nuestro encuentro.
El sol ya calienta más,
oye voces y escucha nombres. Primo de Rivera, es la hermana. Ya
llegan: un motor de auto negro entra en sus ojos abiertos, dos mujeres
bajan, le parece familiar la figura de una de ellas, las maletas
han cambiado de color, ahora brillan y se acercan, el embajador
se acerca a ellas. De nuevo los recuerdos tapan el presente. Sí,
Miguel Primo de Rivera, su amigo, su condiscípulo, la Universidad
de Madrid, la pistola que Sesé trajera de Eybar, pequeña,
con incrustaciones de nácar marino (qué
curioso, yo también tuve en mis manos una pequeña
pistola con cacha de nácar marino. No, no puede ser la misma)
la mano de Miguel jugando con la pistola, el ruido pequeño,
la bala pequeña hiriendo con sangre la mano del que jugaba.
Su propia mano recibiendo la misma sangre. Dos sangres mezcladas.
Amistad de juventud nunca perdida, caminos separados. Miguel, militar,
General, Jefe de Gobierno durante una Dictadura; él, dedicado
a la Ciencia, de ideas republicanas, los dos respetándose
en sus diferencias. Y ahora, ¡qué ironía, frente
a frente, una Primo de Rivera y él, dándose mutuamente
la libertad!
Una voz le dice que llegó
el momento. Que debe abandonar la lancha, que ya es libre, que puede
ir hacia sus hijos, hacia el abrazo que espera. El sol ya está
alto y su corazón sigue latiendo.
En el muelle, dos rehenes
–cabezas blancas que se acercan- se abrazan y lloran, recordando,
ella al hermano, él, al buen amigo. Al lado, otro abrazo
junta a las otras dos rehenes, que aunque no comparten aquel recuerdo,
conservarán siempre el de este instante.
Instante
que resume una vida. Instante que guarda un futuro de más
exilios, de más pérdidas, de vidas regadas por tierras
ajenas ...
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