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Los recomendados

A propósito de los 12 años de los Pumas sin ser campeones

Crónica de un linchamiento no consumado

Rodrigo de Buen


Sábado 22 de junio de 1991.

Esta historia transcurre en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, la fecha citada corresponde a la del juego de vuelta de la gran final del campeonato mexicano de futbol soccer en su temporada 90-91. Ese día, los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México se enfrentaban al odiado rival: las águilas del América. El marcador del juego de ida marcaba una ligera ventaja para el equipo de Coapa con un 3-2 que los felinos podían sortear.

Con un gol le bastaba a la Universidad para proclamarse campeón de este torneo, cosa que a la postre así sucedió.

Sin embargo, dentro del infinito mar de historias y sentimientos que se pueden rescatar de ese día, hay una particularmente que deseo compartir con el auditorio del HdelK, pues me tocó vivirla plenamente.

El juego comenzaría a las 14:00 horas (un horario “raro” para el común de los juegos de los Pumas en C.U.), y ahí estábamos. Vine desde Cuernavaca junto con mi padre para ser testigos del desenlace de lo que había sido simple y sencillamente una temporada de ensueño de nuestros queridos Pumas: de 38 partidos disputados, ganaron en 25 ocasiones, empataron 5 y perdieron ocho para sumar un total de 55 puntos, con 67 goles a favor y 30 en contra, fueron el primer lugar en todos los departamentos. Líderes absolutos de la competencia y además, tuvieron en sus filas al campeón de goleo de ese año: Luis García con 22 anotaciones. El estilo de juego que habían desplegado los Pumas, de la mano de su técnico Miguel Mejía Barón, había cautivado a propios y extraños. Un equilibrio entre ofensiva y defensiva, aunado a esa fabulosa mezcla de jugadores veteranos con jóvenes, le dieron a los Pumas una amalgama que no se ha vuelto a presentar en los siguientes años.

Alrededor de las 12:30 del día ya habíamos llegado al inmueble del Pedregal y yo había quedado de verme a las afueras de la rampa de acceso número 4 con mi primo Andrés. Mi papá se metió al estadio antes para buscar a mi tío Luis Eduardo y asegurar los lugares que ocuparíamos durante el juego.

Ahí estaba yo, afuera, esperando a mi primo, de quien vale decirlo, es un americanista recalcitrante hasta la médula y siempre, durante mi niñez, tuve que aguantarme las burlas ocasionadas por el par de campeonatos que los de amarillo nos habían ganado en 84-85 y 87-88. Andrés es medio año más chico que yo y comenzaba a desesperarme el hecho de que no fuese puntual como habíamos quedado para vernos afuera del Estadio.

Podrán imaginarse ustedes la gran cantidad de gente que hacia fila para entrar y a mí, lo cierto es que la ansiedad comenzaba a invadirme, pues yo deseaba poder estar ya adentro para ser testigo y partícipe de las innumerables Goyas que se escuchaban afuera.

Por fin mi primo llegó al filo de las 13:15 horas. De milagro pudimos entrar, ya que quince minutos más tarde supimos que las puertas del estadio las habían cerrado pues el gran coloso registraba un lleno impresionante y no cabía un alma más, dejando a muchas personas con boleto en mano afuera aun y a pesar de los evidentes reclamos y enojos que ello provocó.

Hay que recordar que esta medida fue tomada sin duda, por el terrible recuerdo que acompaña al estadio desde 1985 cuando en la final de aquella temporada –también contra el América- se registró un sobre cupo que terminó con la muerte de varias personas en el mal recordado túnel 29 de acceso. Seguramente que las autoridades encargadas de la protección civil el día de este evento, no querían que llegara a suceder un acontecimiento como el anterior.

Andrés iba de pants, con una playera blanca si mal no recuerdo y cargando una bolsa de plástico en la que guardaba un par de tortas que su mamá (mi tía Conchita), le había hecho acompañado del indispensable refresco o jugo para la ocasión. Llevaba también, un par de objetos más que estoy seguro, nunca en su vida se hubiera imaginado lo llegarían a poner en la situación que viviría más adelante, apenas termináramos de cruzar el túnel de acceso 14 para buscar a mi papá y acomodarnos en nuestros lugares.

Es justo decir aquí, que en 1991 no se habían desarrollado las populares barras que actualmente acompañan a la gran mayoría de los equipos de futbol en México. En aquella época, apenas y se comenzaba a conocer a la conocida porra Plus Pumas que ocupaba un lugar preponderante en el segundo nivel del estadio del lado, del palomar es decir, del lado de la porra de los Pumas.

Hecha esta pertinente aclaración, continúo con mi primo Andrés. Salimos del túnel y me encaminé por las escaleras que bajan al pasillo que comunica a las gradas de la parte de abajo. Realmente era impresionante el lleno que había en el estadio cuando faltaba poco más de una hora para que el juego diera inicio. Evidentemente que no lograba ver a mi papá ni a mis tíos Luis y Ricardo.

En esas me encontraba yo cuando de repente la angustia y el miedo me invadieron por completo: estaban madreándose a mi primo.

Resulta que al buen Andrés se le ocurrió entrar, en pleno lado de la porra auriazul, portando una visible y amarilla gorra con el escudo del odiado rival. No contento con esta afrenta, al menso se le ocurrió sacar otro objeto que traía en la bolsa de las tortas....un discreto banderín del América que orgulloso, comenzó a ondear. Yo no había reparado en la gorra que traía hasta ese momento Estos dos objetos fueron motivo de su calvario. Comenzaron por gritarle un montón de cosas que ya podrán ustedes imaginarse.

Decía yo que faltaba más de una hora para que comenzara el juego y a la gente se le hizo fácil “entretenerse” con este individuo que había osado cruzar portando estas indumentarias. De los gritos e improperios que le recordaban a la mujer más sagrada de su casa, se pasó a la amedrentación física. Nunca falta en estos casos el vivo que, cobijado por toda una porra, se lanza a la aventura de comenzar tirando zapes para después quitarle la gorra y hacerse el gracioso a costas de alguien. Eso le estaba sucediendo a Andrés. Atónito era yo testigo de lo que estaba ocurriendo. Obviamente que yo estaba del lado de mi primo (con todo y que le iba al América, pues él era el menos culpable de eso, si acaso, ahí la culpa era añeja y le correspondía a su papá por haberlo encaminado por tan mal gusto y predilección futbolística), pero eso era lo de menos en aquel instante.

Entre que buscaba con la mirada afanosamente a mi papá o alguna cara conocida y que me ponía del lado de mi primo para defenderlo de los ataques que era objeto, yo sentía que el estadio se nos venía encima. “Fuera, fuera, hijo de Televisa, cabrón de mierda, te vas a morir”, y otras más, por decir lo menos, era el aderezo con el cual la fiel porra universitaria trataba al buen Andy.

Su gorra ya no era suya y mientras quería recuperarla del salero que se formó en medio del pasillo, otro tipo le trataba de arrancar de sus manos la pinche banderita. Andrés se aferraba al trapo, escuché como se rompía el frágil palo de madera y como se alzaba en medio de la multitud en aras de recuperar su visera.

Por supuesto que no cabía la calma, por supuesto que me daba cuenta de que aquello se estaba saliendo de control. Vi como de repente alguien le acomodó un buen llegue a la cabeza y como otro fulano le lanzaba una patada que alcanzó a esquivar. Yo me puse en medio y trataba de tranquilizar a la horda felina. Recuerdo que un tipo me increpó que si yo también le iba al América. Aquí, cabe hacer otra aclaración. Podrán imaginarse amigos del HdelK que prácticamente desde niño llevo tatuados en mi piel los queridos colores azul y oro de nuestra Alma Mater.

Fui niño Pumita, tuve mi primer contacto con la Universidad a los cinco o seis años pues mi madre trabajaba en el Instituto de Geografía y, por el lado de mi papá, no hay un De Buen que no sea Puma y que no haya dejado de alguna manera su huella ya fuese en lo académico o en lo deportivo. Se trataba de una final y podrán entonces imaginarse como iba ataviado ese día un servidor: pantalón de mezclilla, gorra azul marina con el escudo de nuestro equipo, playera oficial de color azul con un enorme puma de oro en el pecho, además de una chamarra 100% universitaria. Creo que solo me faltaba pintarme la cara con algún motivo más de la UNAM.

Es decir que la estúpida pregunta del tipo sobre si yo también le iba al América no venía al caso y era una afrenta a la indumentaria que portaba orgulloso aquella tarde. La situación era cada vez más angustiante, Andrés recibía candela por todos lados. Los gritos eran asfixiantes y los golpes que el comenzaba a recibir no los podía sortear por más tiempo.

Milagrosamente –y así lo pienso todavía hoy- como un ángel caído del cielo, se apareció Luis Eduardo. Entró al quite, pero no para fajarse a golpes, sino que con mucho tino y visión, negoció que le devolvieran la gorra a Andrés y les dejó en prenda lo que quedaba de la bandera a la cual Andy miraba y trataba de agarrar con tristeza. Luis le dijo, “dáselas por favor, no te pongas por el momento esa gorra y sígueme”. Lo tomó del hombro, le dijo que no volteara ni hiciera caso ni caras a todo lo que le decían. Yo imagino que Andrés se quedó no solo con las ganas de haberse llevado su bandera, sino que también, a más de uno, le quiso devolver la cortesía de la mentada o de los golpes y las burlas que había sido objeto y que acababa de recibir.

Yo tampoco voltee y solo recuerdo que caminamos hasta llegar a la parte donde se encontraban las demás personas –amigos y familiares incluido mi augusto padre- en donde nos acomodamos para esperar el inicio del juego y que era justo detrás de la portería donde más adelante, Ricardo Tuca Ferreti conseguiría el gol que le daría a los Pumas su tercer campeonato de la Primera División.

La cara de Andrés después del numerito no se le hubiera ocurrido nunca inventarla a Héctor Suárez. Estaba pálido y no daba crédito de lo que le acababa de ocurrir. Mentaba madres en corto y decía que así eran todos los Pumas. Lo cierto es de que la libró...y la libró bien. Recuerdo que se puso su gorra al revés, sacó sus tortas, se las comió y ahí se mantuvo. Sentadito y calladito. Atónito y con el susto en su memoria.

Le faltaba aun, padecer lo que más adelante acontecería: la victoria de los Pumas y el ver a su primo festejar –y desquitarse de paso- por el campeonato que obtenía la UNAM además de las burlas, mesuradas, pues no me agandallé tanto como hubiera querido por todo lo vivido antes, y que desde niño me quise cobrar.

Así las cosas, los felinos llegaron a su cita con el destino en la fecha ya citada y el marco que presentaba el Estadio Olímpico Universitario era inmejorable. Un lleno hasta el tope y una afición que había comulgado con su equipo desde el principio de esa temporada. Solo faltaba ponerle la cereza a ese pastel y, a diferencia de años anteriores, en los que el título se le había negado a los Pumas jugando precisamente la final ante el América, ahora se respiraba un aire distinto y la confianza en el equipo estaba más que puesta para ganarle al América, desquitarse de tantas finales fallidas y coronar una temporada que fue de ensueño.

Aquella tarde, corría el minuto 11 de acción cuando una falta, decretada en los linderos del área grande en contra del América, fue cobrada de forma magistral por Ricardo Tuca Ferreti como ya mencioné. Un potente disparo de pierna derecha que superó a la barrera y le dobló la mano izquierda al arquero Adrián Chávez, se incrustó en el ángulo superior derecho de la portería que da a la entrada de la puerta de maratón. Era el gol de la quiniela, era el gol del campeonato y era la llave para abrir a un equipo que se había plantado de manera defensiva, buscando conservar la ventaja ganada en el juego de ida.

Pero para este equipo de la Universidad no había imposibles y, al menos ese año, todo, absolutamente todo, se podía esperar de los Pumas, quienes, afanosamente buscaron incrementar la ventaja, pero la defensiva del América se fajó en serio y ya no caerían más goles. Esa tarde, el final no pudo haber sido más dramático: se jugaban ya los últimos minutos del encuentro, prácticamente se estaba en tiempo de compensación, en la tribuna el ánimo era de nerviosismo, histeria y felicidad, una rara mezcla de sentimientos encontrados aderezados con el clásico grito del Goya, mientras tanto, en la cancha se jugaban esos últimos instantes. El América presionaba y buscaba a toda costa el gol de la igualada, que significaba para ellos el del campeonato:

Jugada por la banda izquierda, Edú abre el juego para Guillermo Naranjo, este arrastra la pelota hasta la línea de fondo y manda el centro aún y a pesar de la férrea marca que le puso Miguel España. La pelota viajaba y llegó a cerrar la pinza, tirándose al suelo y rematando con potencia Alejandro Domínguez... un silencio absoluto se hace en el estadio, y al fondo de la portería, recostándose y abrazando como quizás nunca más ha vuelto a abrazar un balón, la figura de Jorge Campos quien había evitado con su intervención la caída de su marco. Pasaron unos cuantos segundos, Campos despejaba la pelota y el arbitro Arturo Brizio Carter silbaba el final del encuentro. Habían pasado diez años del último título que los Pumas consiguieron en la campaña de la 80-81, el júbilo estallaba en la cazuela del pedregal, los Pumas se coronaban campeones del futbol mexicano... todo era azul y oro aquella tarde. Ahora, han pasado otra vez 10 años y la afición universitaria anhela nuevamente poder ver a su equipo levantar el trofeo de campeones.

Universidad Alineó aquella tarde con:

10. Jorge Campos
2. Abraham Nava
13. Juan de Dios Ramírez Perales
18. Claudio Suárez
5. Roberto Medina
6. Miguel España (capitán)
7. Ricardo Ferreti
8. Alberto García Aspe
9. David Patiño
1. Juan Carlos Vera
12. Luis García

En la Banca estaban:

20. Sergio Bernal
17. José Antonio Tato Noriega
16. Marcos Misdrahi
15. Antonio Torres Servín
14. Constantino López
El Director Técnico era Miguel Mejía Barón, y su auxiliar era Hugo Hernández Barrón

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TRÉMULAS VOCES, ALTAS MURALLAS
Por Rafaela de Buen

La lancha se acerca al muelle. En el muelle se ven dos figuras, un hombre y una mujer, quietas, mirando fijamente la lancha. En la lancha, rodeados por marinos ingleses de impecable uniforme, están sentados otro hombre y otra mujer, de avanzada edad y cabezas blancas. Son los rehenes. Es una mañana luminosa de sol. El 9 de agosto de 1937, el puerto de Valencia despierta para recibirlos.

(Abuelo, ahora yo estoy en Barcelona, -dijeron que Madrid era demasiado peligroso- ya hace un año que dura la guerra, hace un año que sufres prisión injusta, y aún no sé que estás a punto de regresar , que pronto podré abrazarte de nuevo)

Creerán que estoy dormido porque tengo los ojos cerrados. No me cabe en ellos tanto cielo, tantos pájaros, tanto sol. Anoche, en la cubierta del Aretusa, apenas podía creer que en el cielo cupieran tantas estrellas. Y que el mar siguiera siendo tan profundo, tan azul, tan negro, tan sin fin ...

Ya se acercan al muelle donde su hijo y su nuera los esperan. De sus seis hijos, solo él ha podido venir. Hay dos que visten uniforme y están en el frente. A Eliseo, a Víctor, la guerra los dejó en el lado contrario, quizás no los verá más. Sadí perdió la vida en Córdoba; ¿cómo habrá sido su fin? ¿le vendaron sus ojos? ¿o pudo mirar fijamente a sus asesinos, preguntarles el porqué de tanta sinrazón? Y todavía se atreven a negarlo, todavía se atreven a ofrecerlo en canje, a despertar ilusiones, sabiendo que está muerto, muerto. Su ausencia será infinita.

Ya están en el muelle, pero deben permanecer en la lancha mientras no lleguen los otros dos rehenes. Los minutos se hacen horas y el abrazo que espera, duele. Ha llegado el embajador inglés, quién actuará como Ministro de Fe. Han llegado también maletas, de distintos tamaños y colores, que también esperan.

¿Será por fin la libertad? No quiero pensar ahora en aquellos cuatro mortales días pasados a bordo del Galatea, viendo tan cercanos los edificios del puerto de Barcelona, esos cuatro días de diciembre, nublados y fríos, soñando con el encuentro con los seres queridos y viendo como fracasaban las gestiones de canje, cómo las esperanzas se desvanecían, cómo emprendíamos el regreso a esa cárcel de la que había salido con tantas ilusiones. Una gaviota pasa chillando sobre nosotros, la oigo pero no la veo, solo veo mis recuerdos. De nuevo otro barco inglés, el cazatorpederos Vance –hace apenas veinte días- de nuevo una noche de libertad y una vez más el fracaso, el regreso al Hospital de Palma. No más frustraciones, no las soportaría ... Tengo miedo de abrir los ojos y ver lo que no quiero, tengo miedo de no abrirlos y perderme la señal que me hará libre.

Aprieta con más fuerza la mano de Rafaela, que descansa en las suyas, y abre los ojos. Todo está igual, nadie habla, tiene que seguir esperando.

Ayer, casi al atardecer, el Cónsul los dejó en la cubierta del Aretusa. Recibidos como huéspedes ilustres, agasajados y mimados por todos. Zarparon ya de noche y después de cenar, él quiso pasear, solo, por la cubierta. Una noche de luna y estrellas. Mientras se dirigía a popa, quién sabe por qué, iba recitando el viejo romance:

Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día en que tú naciste
grandes señales había

(¡cuántas veces he recitado yo ese romance! Volveremos a recitarlo, abuelo, los dos juntos, cuando de nuevo pueda pasearme colgada de tu brazo, como solíamos hacerlo antes, antes de que el mundo se volviera insensato ...)

la mar estaba en calma
la luna estaba crecida,
hombre que en tal signo nace
no debe decir mentira.

No debe decir mentira. Y él, como hombre, ha tratado de no decirla. Ha vivido toda una vida queriendo ser leal a su verdad y a la vez respetando las verdades ajenas. Porque sabe que si el pensamiento no es libre, la humanidad tampoco lo será.

Las luces del puerto de Palma se van alejando; son pequeñas estrellas que le dicen adiós para siempre.

Palma de Mallorca. Tantos momentos felices pasados en ella. Tantas satisfacciones, tantas realizaciones en su larga carrera, asociadas a esa bella ciudad, a esa bella isla. Nunca las olvidará. Prefiere olvidar los muros de la cárcel, las cucarachas, las pulgas, las chinches que a veces aparecían en la leche del desayuno y contra las que se organizaban a diario largas cacerías. Olvidará los bombardeos, los camastros improvisados en una habitación de apenas treinta metros cuadrados, donde llegaron a ser veinticuatro presos! Recordará a Luis, a Ricardo, a Jaime, a Pedro, a Guillermo, a Bernardino, a Sebastián, a Vicente, a Gabriel, a Tomás, a Pío, a Miguel, a tantos y tantos. Olvidará las horas, los días, los meses pasados sin poder recibir visitas, acompañado sólo por su angustia, sus sobresaltos, su depresión. No podrá olvidar la noche del 24 de febrero cuando cuatro hombres esperaban en el calabozo contiguo el ser fusilados al amanecer ... Recordará su alivio cuando fue trasladado al Hospital. Tenía fiebre y se mareaba, su diabetes se había acentuado. Recordará que lo primero que vio cuando entraron en la Sala donde varias camas blancas se alineaban, fue la ventana. No era muy grande, unos vidrios pequeños encerrados en un cuadriculado de madera. Pero era una ventana. La primera que tenía a su alcance desde hacía meses.

Recordará que esa noche soñó que se asomaba y que detrás de un campo donde las flores tenían la altura de los niños, se veía el mar, y en el mar, que era casi tan azul como el cielo, flotaba su viejo laúd, el primer barco que él comprara para el Laboratorio de Porto Pí. Desplegaba con orgullo su gran vela latina, pero ya no era un barco científico, había vuelto a ser el laúd contrabandista de sus primeros tiempos y, en uno de sus palos, ondeaba una bandera pirata.

Recordará que lo despertó un ruido de pasos, de voces, de risas, que atravesaba la ventana, bien entrada la noche. Recordará que le costó dormirse y que, al despertarse en la mañana, la ventana estaba abierta y una paloma se paseaba por el alféizar. ¡Qué maravilla, sus viejos ojos llenos de paloma!

Recordará al Director del Hospital –alumno suyo en tiempos ya lejanos- que autorizó las visitas de Rafaela y le permitió levantarse un rato todos los días. Se recordará corriendo hacia la ventana para ver una calle angosta, empedrada, niños que pasaban riendo, casas de dos pisos de piedra amarilla, las puertas cerradas, los postigos cerrados. Y la explicación. Era calle de prostíbulos. Por eso las voces, el ruido nocturno. En la mañana, cuando se oían las sirenas de los buques que entraban a puerto, se apostaba: es un buque inglés, no, un italiano, no, un francés ... Había que esperar la noche para saberlo: los ingleses llegaban en taxi, los franceses en pequeños grupos caminando lento, los italianos, en pelotones tumultuosos ...

Pero lo que no olvidará nunca serán las tertulias alrededor de su cama, reunidos para escucharle enfermos y enfermeros y monjas y médicos y guardias, todos pendientes de su palabra; pocas veces su cátedra tuvo un auditorio tan interesado, que interrumpía, que preguntaba, que interpretaba, aportándole la fantasía de su curiosidad. Y las preguntas del guardia Mir, que quería saber más y más sobre sus palomos, que él adiestraba y que, saciada su curiosidad, se lo agradeció haciéndolos evolucionar sobre el patio, en impecable formación.

Nunca olvidará el día que llegó el Cónsul de Dinamarca, de rigurosa etiqueta, para comunicarle que le había sido conferido, por la Comisión Internacional correspondiente, el Premio Schmidt, premio que se concedía por primera vez ese año. No era la primera distinción que recibía, pero nunca soñó recibir una en aquellas circunstancias. Ceremonia extraña, en sala sombría, muchas camas, un banco de madera, un solemne diplomático escandinavo, varios médicos y enfermeros de batas blancas, un policía sorprendido, algunos guardias de asalto y sus compañeros regocijados.

Debe ser tarde. Tantos recuerdos siguen flotando en esa estela blanca que el barco va dejando a sus espaldas. Las luces de Palma ya no se ven. Él ve otras luces, de otros puertos de ese mismo Mediterráneo que tanto ama, que es su casa.

Hace cincuenta años, ve las luces de Tuggurt, al término de su primer viaje como científico, ese viaje que duró meses, a bordo de la fragata Blanca, barco-escuela de guardiamarinas, que participara –decían- en la batalla de Callao, y que le inspiró su primer libro, “De Cristianía a Tuggurt”, ese libro del que le gustaba decir “obra escrita por un ingenuo y no por un ingenio” ¡Cómo le gustaría ahora volver a ser ingenuo! ¡No tener ese peso que curva sus espaldas! Sin embargo, cree que sus alegrías han pesado más que sus tristezas y de ahora en adelante quiere olvidar todo lo que no merezca ser recordado.

Pensará en otro puerto, el de Mónaco, hace veinticinco años, cuando estaba al lado de su amigo y compañero en tantas campañas científicas, el Príncipe Alberto, al que tanto le gustaban los merengues y las chirimoyas –que juntos habían disfrutado en Málaga- (yo aún no las conozco, abuelo, pero pronto se cruzarán en mi destino, en ese otro país, Chile, tan lejos de tu Mediterráneo, donde nunca podré compartirlas contigo) y que le había invitado para celebrar la inauguración del Museo Oceanográfico del Principado. Allí está todavía grabado su nombre, junto a otros, en la placa recordatoria, al lado de la gran puerta de entrada. Y sus hijos, y los hijos de sus hijos, y los hijos de los hijos de sus hijos podrán verlo si algún día se detienen a leer. (Yo lo vi, abuelo, yo lo vi. Tu nombre, escrito para siempre) No verán como él vio llegar una nave primitiva que venía a fundar la ciudad, y un Hércules disfrazado de Tita Rufo, acompañado de sus soldados y marineros disfrazados de Coro de la Ópera de París, y no oirán las dulces melodías compuestas por Massenet para esa ocasión, ni verán las miles de bengalas que él vio, formando cataratas de fuego, blancas, rojas, azules, amarillas, que caían silenciosamente sobre las aguas, ni oirán los aplausos de miles y miles de manos resonando y repitiéndose por el eco, como truenos sordos. Tampoco podrán sentir como él sintió esa íntima alegría al comprobar que todo aquello no era en honor de un guerrero victorioso, ni de un soberano despótico, sino para celebrar la creación de un nuevo templo para la Ciencia.

Empieza a sentir el frío de la noche y decide abandonar sus recuerdos. En el camarote, una vez dormido, sigue soñando.

Estaba en Zuera y veía a mi padre tocando el órgano en la iglesia, como si el órgano fuera su máquina de coser en la sastrería. Y en vez de notas, iban saliendo algo como unos trajes blancos con manchas negras, que yo me apresuraba a llevar al establo de la tía Felisa, para abrigar bien a las vacas porque el invierno iba a ser muy frío. Cuando todas estaban bien vestidas yo recogía mi flauta de ébano y plata, que acababa de limpiar con el aceite de almendras amargas, y salía con ellas al campo. Llegábamos hasta el río Gállego, contemplaba la línea de sus meandros y las manchas verdes de la alfalfa, del maíz, de la remolacha, de los huertos olorosos: veía los cerros de yeso, blancos, horadados por las grutas que socavaron hombres buscando abrigo; miraba las lomas pedregosas y el suelo tapizado de fragantes ontinas, llenas de flores.

Pensaba en el mar, que aún no conocía. Era feliz. Sentía olores, muchos olores. Nunca había soñado con olores, con tantos olores. Olor a ontinas, a tomillos, olor a espliegos, a retamos, olor a miel. Y ya de regreso, veía bajar a mi abuela María, que venía de la fuente con su cántaro. Yo tenía sed y le pedía agua: juntaba mis manos para recogerla y ella inclinaba el cántaro que en vez de agua, dejaba caer en mis manos muchos doblones de oro. Yo le decía que sólo quería dos, los mismos que ya me había dado una vez, uno para el viaje a la capital para estudiar, y el otro por si me iba mal y tenía que volver. Pero ella me decía: “Llevátelos todos, pueden hacerte falta si algún día estás en prisión”. Le caían lágrimas en el cántaro y yo desperté angustiado.

(Abuelo, yo también recuerdo el establo de la tia Felisa, yo también acompañé a las vacas blanquinegras, por los senderos que llevan al río. Quizás fue tan sólo una vez, en esas vacaciones que pasamos en tu casa, frente a la plaza, en esa casa que quisiste construir en el pueblo que te vio nacer. Ni tú ni yo sabíamos entonces que la guerra dejaría en ella demasiadas huellas. Huellas de luchas entre hermanos, paredes que encerraron a hombres destinados a la muerte por otros hombres, muchas lágrimas, mucho dolor)

Por la mañana, una calle de oficiales ingleses nos esperaba para despedirnos, manos apretadas a las nuestras nos deseaban suerte y cientos de miradas de todos los marineros en cubierta convergían en nosotros, guardando, quizás mientras vivieran, la imagen de esa nueva y vieja libertad que venía a nuestro encuentro.

El sol ya calienta más, oye voces y escucha nombres. Primo de Rivera, es la hermana. Ya llegan: un motor de auto negro entra en sus ojos abiertos, dos mujeres bajan, le parece familiar la figura de una de ellas, las maletas han cambiado de color, ahora brillan y se acercan, el embajador se acerca a ellas. De nuevo los recuerdos tapan el presente. Sí, Miguel Primo de Rivera, su amigo, su condiscípulo, la Universidad de Madrid, la pistola que Sesé trajera de Eybar, pequeña, con incrustaciones de nácar marino (qué curioso, yo también tuve en mis manos una pequeña pistola con cacha de nácar marino. No, no puede ser la misma) la mano de Miguel jugando con la pistola, el ruido pequeño, la bala pequeña hiriendo con sangre la mano del que jugaba. Su propia mano recibiendo la misma sangre. Dos sangres mezcladas. Amistad de juventud nunca perdida, caminos separados. Miguel, militar, General, Jefe de Gobierno durante una Dictadura; él, dedicado a la Ciencia, de ideas republicanas, los dos respetándose en sus diferencias. Y ahora, ¡qué ironía, frente a frente, una Primo de Rivera y él, dándose mutuamente la libertad!

Una voz le dice que llegó el momento. Que debe abandonar la lancha, que ya es libre, que puede ir hacia sus hijos, hacia el abrazo que espera. El sol ya está alto y su corazón sigue latiendo.

En el muelle, dos rehenes –cabezas blancas que se acercan- se abrazan y lloran, recordando, ella al hermano, él, al buen amigo. Al lado, otro abrazo junta a las otras dos rehenes, que aunque no comparten aquel recuerdo, conservarán siempre el de este instante.

Instante que resume una vida. Instante que guarda un futuro de más exilios, de más pérdidas, de vidas regadas por tierras ajenas ...

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MI CORRECTOR ORTOGRÁFICO
Jorge de Buen Unna

Mi querido primo:

Hace algunas semanas me llegó un poma en inglés en que se hacía mofa de los correctores automáticos. Lamentablemente, como suele suceder en las cosas que llegan por este medio, no venía el nombre del autor. Dice:

Eye Halve a Spelling Chequer

Eye halve a spelling cheque
It came with my pea sea.
It plainly marquess four my revue
Miss steaks eye kin knot sea.

Eye strike a key and type a word
And weight four it two say
Weather eye am wrong oar write
It shows me strait a weigh.

As soon as a mist ache is maid
It nose bee four two long
And eye can put the error rite
Its rarely ever wrong.

Eye have run this poem threw it
I am shore your pleased two no
Its letter perfect in it's weigh
My cheque tolled me sew.

Como me pareció muy simpático y he padecido muchas veces la sorprendente iniciativa de mi corrector automático, hice la siguiente versión en español (se entiende un poco mejor cuando se lee en voz alta):

Mico rector orto gráfico

Mico rector orto gráfico,
que comió orden hedor ven y a,
horror es que yo nube ría
señalad e humo do mágico.

Cuan dote Cleofas pala abras,
yo oso los pero, hiel me índica
silo que hez cribo Asís sea plica
hija más mea puesto otra vas.

Si acá sometiera lapa ata,
con sor prenden t. v. lo sí dad,
cortes mente y con par quedad,
sol y toco rígela e rata.

Mico recto horme hay Ud. a mucho
es tos ver SOS vi enlode notan
del impíos y hace a dos quebró tan.
¡Vi baste cor rector tan ducho!

Abrazos.

Jorge de Buen U.
jdebuen@caliente.com.mx
Tijuana, México