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El Coliseo del Kalifornia
Nocivo para su salud... vial

En miércoles, de manera invariable, la agenda se satura, los pendientes se traslapan, hay que priorizar, hacer una logística en mi ruta, para poder de alguna forma, cumplir con la gran mayoría de los asuntos.

Será el “niño”, el calentamiento global de la tierra y el efecto invernadero o serán las hilachas pero el ambiente esta cargado de una humedad tan alta que hace de mis trayectos en auto un “viademonius” que enjaqueca, estaría de mas decir que el auto no tiene aire acondicionado y en consecuencia bajar las ventanas resulta lo mas conveniente, así lo hago tomo la perilla y giro en el sentido del reloj, exactamente 6 vueltas, enciendo el radio con el afán de buscar noticieros, nada encuentro, me quedo escuchando la única estación que pude sintonizar, “La caliente del cuadrante”, con el afán de ponerme el cinturón de seguridad, mi mano derecha cruza por encima del hombro izquierdo hasta encontrarle, lo jalo y abrocho a un lado de mi pierna derecha, lado izquierdo del freno de mano.

Mientras repaso la logística de mis vueltas, se me antoja fumar un cigarro, esto implica todo un procedimiento que enseguida explico: De alguna manera, no me gusta traer en la bolsa de la camisa la cajetilla de cigarros, razón por la cual, siempre les guardo en la bolsa derecha del pantalón, esto significa que tendré que sacar los cigarros y para ello desabrochar el cinturón de seguridad, hago el mismo procedimiento para abrocharlo pero a la inversa, mi mano derecha busca apretar el botón rojo, con esta misma mano le ayudo al cinturón a retraerse y quedar en posición al costado izquierdo de mi cabeza, mis pies con firmeza sobre el piso y mis hombros recargados en el respaldo del asiento, me permiten elevar las nalgas para formar un triángulo rectángulo en el cual mi cuerpo es la hipotenusa mientras asiento y respaldo los catetos, formar este triángulo me permite meter la mano en la bolsa derecha del pantalón para buscar los cigarros, mis dedos hurgan y encuentran la cajetilla, índice y medio haciendo pinza con cuidado logran su tarea, la cajetilla por fin ha quedado fuera de la bolsa, esa misma pinza les pone en el asiento del copiloto, mientras la hipotenusa desaparece, tomo mi lugar nuevamente, solo para maldecir al limpia vidrios que sin preguntar esta embarrando el vidrio con el trapo mas sucio jamas visto, mis gritos de: “no traigo lana, maestro,”, mezclados con sus “aipalotra”, como siempre mueven mi conciencia y me llevan a buscar en el cenicero un par de monedas, no encuentro nada y no pienso repetir el rito de “hipotenusarme”, cambiando la luz del semáforo y metiendo primera le grito “palotranosponemos amarillos”, con su “chale” y sus gesticulaciones me despide.

Mientras avanzo una gota de sudor ha caído en mi ojo derecho, cerrándolo la mano izquierda alcanza la caja de pañuelos desechables ubicada en el tablero, tratando de sacar solo uno y consciente de que en pocas y precisas ocasiones lo he logrado, tomo dos pañuelos los recorro por mi frente, terminan literalmente húmedos, por ultimo restregó mi ojo derecho, al parecer la molestia ha desaparecido, un semáforo en rojo me obliga a detener el vehículo de manera precipitada, sobre todo por advertir la presencia de un agente de vialidad. Mis manos al volante, hacen que mis dedos simularan un concierto de piano, esto demuestra mi impaciencia y me recuerda las ganas que, al menos hace 5 minutos, tenia de un cigarrillo, recordándolo mientras el semáforo ha cambiado de luz, arranco nuevamente esta vez tomando la cajetilla del asiento del copiloto y poniéndola entre mis piernas.

Con mi mano derecha tomo la cajetilla, además de la cajetilla, tomo el volante para que la izquierda quede libre para abrir la cajetilla dura, y sacar un cigarrillo, esa misma mano lo pone entre mis labios, ahora la mano izquierda se hace cargo del volante mientras la derecha deja nuevamente en el asiento del copiloto la cajetilla, tomo ,de entre las piernas, los desechables para limpiar nuevamente el sudor que me inunda la frente, me seco y consciente de no ensuciar las calles, tomo el papel y lo guardo en un compartimento que traen los autos, con el afán de ser depositarios de “basuritas”, ahí les guardo.

El filtro del cigarro en mi boca empieza a humedecerse y aun no le he encendido, busco el encendedor dentro de la cajetilla, lugar donde generalmente lo guardo y carajo no esta, y es entendible que no le haya guardado ahí, debido a que la cajetilla es casi nueva y no permite el espacio que se requiere, para evitar que se siga humedeciendo el filtro del cigarro, con la pinza que forman dedos índice y medio, lo retiro de la húmeda opresión de mis labios y le dejo a un costado de la cajetilla, justo en el asiento del copiloto. Mi mano derecha, le deja la responsabilidad de conducción a la izquierda en el volante y va en búsqueda, por encima del pantalón, del encendedor, pulgar, medio y anular advierten su presencia justo debajo de las 14 llaves que forman mi llavero, para poderle sacar de ahí, tendré que elevar nalgas, tendré que “hipotenusarme” nuevamente, cosa que no pienso hacer, hasta que la luz roja me pida detener la marcha del auto, mientras tanto me distraigo viendo los pendones de los partidos políticos en campaña, que cuelgan de cada poste de alumbrado, teléfono y de la compañía eléctrica, ello me lleva a distraerme con el calculo de los millones de pesos que “sirven” para contaminar las calles, mismos que el día inmediato siguiente al de elecciones, adquieren su nombre de origen, basura.

Una larga fila de autos, dos patrullas de vialidad, y varios conos rojos de alerta me avisan que el Municipio no ha encontrado mejor horario, para realizar tareas de recarpeteo asfáltico, detengo la marcha del auto y encuentro entonces la oportunidad de encender el cigarrillo, no sin antes hacer el rito, desabrochar el cinturón, pies firmes al piso, hombros empujando hacia atrás el respaldo, nalgas arriba, cabeza en posición vertical oprimida, dedos rastrillo que jalan llavero hacia arriba, le dejan en el justo medio de la bolsa, le rebasan y hunden en pos del encendedor, dedos pinza le encuentran, con cuidado le sacan, junto con un par de monedas que han rodado por debajo del asiento, sin prestar atención a las monedas, tomo posición, flexionando el codo derecho llevo mi mano por el lado izquierdo de mi cabeza hasta encontrar el cinturón de seguridad, lo abrocho y sonriente me preparo a encender por fin el cigarrillo, elevo mis piernas para que los muslos opriman el volante y le mantengan en una misma dirección mientras que mis manos libres, hacen una cueva para que pueda encender el cigarrillo, un intento, dos intentos un claxonazo de un VW y la mirada agresiva de su conductor me advierten que los muslos me han llevado a invadir el carril contiguo, dejo el intento de fumar y mis manos vuelven al volante, una estridente música de la “caliente del cuadrante” comienza a sacarme de quicio, pensando en que mi cercanía con la ciudad pueda encontrar algo mas suave en la frecuencia modulada, selecciono la opción del estéreo para buscar por si sola las estaciones, en el primer intento, una voz nasal advierte a los radioescuchas de una nueva onda cálida, “ y recuerden amigos, tomen mucho agua y eviten en lo posible las enfermedades gastrointestinales típicas de esta época, les recordamos la temperatura actual en la ciudad es de 39.6 °C”. Siento como una gota de sudor me pende de la nariz, le remuevo con mi puño y volteo nuevamente al cigarro, le tomo y ahora si nada impedirá que lo fume enterito de dos bocanadas.

El transito sigue muy lento, la fila avanza a 360 ° por minuto, tomo el cigarrillo y sin mayor problema lo enciendo, doy una larga bocanada, me relajo.

Continuo con mi trayecto, me distraigo un poco mientras observo el anuncio espectacular de un Hotel que con mayúsculas de gran tamaño da mayor importancia al hecho de contar con 10,000 m2 de estacionamiento, nada mencionan de lo confortable de las habitaciones, de contar con salas de juntas, agua caliente, televisión por cable, restaurante y bar, lo típico, en este caso el mayor atractivo se reduce a contar con cajones y cajones de estacionamiento, caray como huésped francamente no entiendo a estos publicistas.

La ceniza, próxima a caer del cigarrillo, me regresa a los casi 40ºC, a la interminable fila de automóviles que con desesperante parsimonia avanzan por todo lo ancho y largo de la Av. Hidalgo, a repasar mentalmente cada una de mis escalas.

Tirar la ceniza del cigarro mientras el auto esta en marcha es todo un arte, hay que golpear con “jiribilla” el filtro con el pulgar, se tiene que hacer un movimiento preciso, como quien lanza un volado, para evitar que el asiento posterior se convierta en un grandísimo cenicero.

En el cruce con la Av. Ejercito Mexicano la mancha de automóviles ha comenzado a fluir, el velocímetro marca 40 km/hr, con la vista fija al frente intento atinar al tirar la ceniza del cigarro, caray ¿Qué hice? , mi mano izquierda golpeo con el marco de la ventana, el cigarro dejo su marca en el negro empaque pero además se ha caído de mis dedos, le veo rebotar contra la palanquita de luces direccionales, da maromas sacando chispas volteo al frente, todo bien, regreso a la caída en cámara lenta del cigarro, cae en el asiento en medio de mis piernas, gira como barril hacia atrás, mis manos toman con fuerza el volante mientras intento elevarme, usando la mano como escobeta trato de tirar del asiento la colilla aun encendida, me distraigo un poco al voltear hacia la ventana y ver como un kamikaze repartidor de pizzas con hábil pericia, algo balbucea mientras muestra con encono su dedo medio en posición vertical, cambio de mano al volante, intento sentarme pero la sensación de calor en una de mis piernas me ha hecho nuevamente levantarme, en medio de todo esto me distrae la mirada atónita de una transeúnte que lleva con una mano una carreola mientras con la otra sostiene un cono de nieve, la mujer con grandes ojos tiene completamente abierta la boca, la lengua de fuera buscando encontrar un distante cono, me dio la impresión que algo quería decirme, el rechinar de las llantas de un automóvil me advierte su milimétrica proximidad, el incomodo y megadecibelico coro de “claxonazos” me tumba sobre el asiento, en posición perpendicular a mi trayecto y en el costado izquierdo una camioneta trae como conductor a alguien que presumo se encuentra muy molesto, al menos eso evidencian su excesivos movimientos de brazos y sus gritos que no escucho, por el costado derecho las imprecaciones maternales del conductor de un VW, me resultan mas molestas, una palomilla de estudiantes de secundaria, con pequeños saltos y carcajadas golpean el cofre, aun no detengo la marcha del auto cuando a mitad de la siguiente cuadra distingo al auriazul agente de transito que acelera el paso rumbo a mi, en medio de esta desconcertante escena mis brazos se aferran con fuerza al volante e intentan guiar la dirección a un costado de la acera, a donde nadie se moleste, por fin detengo la marcha del auto, siento los brazos débiles, mi cromática apariencia en el retrovisor es de una nítida ictericia, mis manos tiemblan, alguien asomándose por la ventanilla del microbús grita un sonoro “pendejo”, lo único que puedo entender es no haber respetado la luz roja del semáforo, en medio de este neurótico desconcierto y tapando los rayos de sol, aparece alguien que me dice .-“Señor no respeto usted el semáforo, por “poquito” y causa un grave accidente, sea tan amable de mostrarme su tarjeta de circulación y su licencia”.-, todavía con temblorina intento encontrar en la guantera los documentos, me desconcierta que se encuentre vacía, volteando la piso del auto veo el estuche azul que estoy buscando, sin embargo mis ojos se detienen por segundos para leer una y otra vez la leyenda escrita por la compañía del Sr. Morris “El consumo de este producto es nocivo para su salud”......-“vial”- agregue mientras con una irónica sonrisa ,que desconcertó al agente de transito, entregue mis documentos.

Héctor González Ibarra

Julio de 2003


La sonrisa de Mamá Pancha.
Por Rodrigo Morales Mújica.

Moscas, encima, moscas; inseparables aliadas del monzón, era casi previsible que aquí estarían. Pero, ¿en verdad no podían hacer hoy una excepción? Como ráfaga pasaban estos pensamientos por la cabeza de Carlos sin hacer realmente escala, casi tan efímeros en la memoria como lo serían a fin de cuentas en este mundo esas negras zumbadoras que se obstinaban en enmarañársele en el rizado cabello. No, no había tiempo para distraerse en ellas, por muy repugnantes que siempre le hubieran parecido. La atención estaba acaparada por las compresas.

Ese cacharro que Javier y Yoelbi desde hace ya quién sabe cuánto tenían en el cuarto por radio parecía haber revivido sus viejas glorias. Aún con la voz ronca y rasposa, herencia irremediable que el tiempo a su paso había dejado en sus transistores, se desgañitaba por gritar el momento. Difícilmente habría jamás tenido la encomienda de reproducir a distancia santísimas voces, ni tamaña emoción en ellas. Ni en las noches de lujuriosa gala desde el Copacabana, ni en la efervescencia de la pelota, ni siquiera en el sensual llanto de Omara Portuondo queriendo comerse el micrófono del otro lado del sentimiento, había esa vieja radio tenido una encomienda como la de esa tarde.

Era difícil saber de dónde provenían más gotas, si de los harapos humedecidos que frenéticamente Carlos introducía una y otra vez en el líquido ya entibiado a golpe de desesperanza, o de su frente que de tanto escurrir parecía que terminaría por dibujar surcos profundos y permanentes. Era muy ilusorio seguir llamándole ‘agua’ a esa mescolanza rojiza y tibia que de a poco parecería que llegaría al punto de ebullición, y que más y más roja se teñía en cada viaje. Ni pensar siquiera en ir a buscar limpia y fresca, los sesenta minutos que eso tomaría en el mejor de los casos, sin siquiera motivos ciertos para pensar que la encontraría, eran ya sin duda demasiados. Si lo peor habría de ocurrir, Carlos estaría ahí, al lado de Margarita.

Las calles del Occidental eran un desierto. Parecía que el país entero, que el mundo entero, se había ido a otra parte; no era solamente una impresión. Los que no habían podido llegar a La Habana estarían al menos en el centro de la ciudad celebrando eufóricos, así que el marginal barrio zafrero de Santiago no podía estar más desolado. La radio encendida parecía ser la única prueba de que esa batalla se estaba librando dentro de un pequeño cuarto que de verdad estaba dentro de una pequeña ciudad de un pequeño país enclavado en un mundo que le quedaba muy grande y muy lejano. Algún día llegaría en el que Carlos recordara con orgullo que ellos también fueron parte de lo que esa tarde alcanzaba el pináculo, ofreciendo un plato de arroz con plátano o de frijoles criollos a los guerrilleros a su paso, escondiendo a alguno debajo de la cama (¿donde más?) o hasta no callándose cuando parecía que había que callarse. No hay ayuda pequeña, les habían dicho, y a pie juntillas lo habían aprendido. Pero esos buenos recuerdos llegarían algún día, uno que no fuera ése.
Las manos de Mamá Pancha eran impresionantes. Parecía increíble que ese par de artefactos descomunales, llenos de llagas y cargados de tantas historias de vida, fueran capaces de hacer el milagro. Parecía increíble, sí, pero había que creer. Los gritos de Margarita se confundían con sus oraciones, como si por rezar más fuerte pudiera hacer que la plegaria pudiera ser mejor escuchada. “¡Mamá Pancha, dígame que todo va a salir bien! ¡Margarita es fuerte, dígame que va a estar bien!”. Las palabras enardecidas de Carlos eran al tiempo su esfuerzo desesperado por olvidar los charcos de sangre en los que estaba arrodillado, en los que sumergía las compresas, los que le obnubilaban la vista. “Carlitos, no me lo pidas a mí, pídeselo a nuestro Señor Jesucristo, estamos en sus manos”. A la corpulenta mujer no le faltaban razones para depositar en manos de la fe la vida que paradójicamente pendía al tiempo que de un hilo también de sus manazas callosas, pero a Carlos no le faltaban tampoco para confiar en ella.

Mamá Pancha era la partera más socorrida en la oriental ciudad de Santiago. A ella misma le hubiera sido completamente imposible tratar de recordar cuántas nuevas almas había traído a ese mundo en el medio del Caribe. Su rostro cuarteado ya al paso de las décadas era adusto, y la leyenda contaba que no sabía sonreír, al menos nadie la había visto jamás hacerlo. Se decía que por las noches su alma era atormentada pues se sentía culpable por traer nuevas vidas a sufrir lo que en la isla se sufría, que no era poco. Era sin duda uno de los seres más queridos por todos en Santiago, que además no tenían otra alternativa sino Mamá Pancha para traer a sus criaturas al mundo. La cantidad ridícula de médicos que había en el país estaba reservada para la cura de la resaca de los extranjeros tras sus dionísicas noches de cabaret, o para tratar las enfermedades venéreas de las prostitutas, el foco de los ingresos en esa Cuba de siglo veinte.

Quizás si Carlos hubiese en ese momento tenido cabeza para ello, hubiera ya hace mucho apagado esa radio cuyas bocinas estallarían de un momento a otro. No era momento para vítores, sino para elevar plegarias y tratar de infundirle a Margarita la poquísima fuerza que le quedaba, apretándose las huesudas y oscuras manos al punto de añadir aún más sangre a la escena. Desde el otro lado del aire y de la isla, se escuchaba una multitud enardecida respondiendo como un sólo hombre al llamado de la voz desgañitada pero más fuerte que nunca del Comandante. Soñando en el parque de pelota con tener una tierra propia, así tenía que ser, y al tiempo que todas esas voces le hubieran enchinado la piel a cualquiera, su reproducción en ese instante en una radio a unos cuantos metros de una sobrecogedora cruzada de vida, no tenía efecto alguno en sus protagonistas.

El último grito cubano al unísono coincidió con el primero de una hermosa mulatita que sería de las primeras en ver la luz en una patria libre. Carlos, que ya lloraba desde mucho antes, la tomó entre sus brazos, mientras Margarita estrujaba la mano de la mujer que había hecho el milagro. “¿Cómo vas a llamarla, hijo?” preguntó la partera. Carlos miró a las tres profundo, al tiempo que respondía: “Esperanza”. Se asomaron entonces orgullosos, por primera vez, unos cuantos dientes amarillos y deshechos. Mamá Pancha sonreía.


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