Nocivo
para su salud... vial
En
miércoles, de manera invariable, la agenda se satura, los
pendientes se traslapan, hay que priorizar, hacer una logística
en mi ruta, para poder de alguna forma, cumplir con la gran mayoría
de los asuntos.
Será
el “niño”, el calentamiento global de la tierra
y el efecto invernadero o serán las hilachas pero el ambiente
esta cargado de una humedad tan alta que hace de mis trayectos en
auto un “viademonius” que enjaqueca, estaría
de mas decir que el auto no tiene aire acondicionado y en consecuencia
bajar las ventanas resulta lo mas conveniente, así lo hago
tomo la perilla y giro en el sentido del reloj, exactamente 6 vueltas,
enciendo el radio con el afán de buscar noticieros, nada
encuentro, me quedo escuchando la única estación que
pude sintonizar, “La caliente del cuadrante”, con el
afán de ponerme el cinturón de seguridad, mi mano
derecha cruza por encima del hombro izquierdo hasta encontrarle,
lo jalo y abrocho a un lado de mi pierna derecha, lado izquierdo
del freno de mano.
Mientras
repaso la logística de mis vueltas, se me antoja fumar un
cigarro, esto implica todo un procedimiento que enseguida explico:
De alguna manera, no me gusta traer en la bolsa de la camisa la
cajetilla de cigarros, razón por la cual, siempre les guardo
en la bolsa derecha del pantalón, esto significa que tendré
que sacar los cigarros y para ello desabrochar el cinturón
de seguridad, hago el mismo procedimiento para abrocharlo pero a
la inversa, mi mano derecha busca apretar el botón rojo,
con esta misma mano le ayudo al cinturón a retraerse y quedar
en posición al costado izquierdo de mi cabeza, mis pies con
firmeza sobre el piso y mis hombros recargados en el respaldo del
asiento, me permiten elevar las nalgas para formar un triángulo
rectángulo en el cual mi cuerpo es la hipotenusa mientras
asiento y respaldo los catetos, formar este triángulo me
permite meter la mano en la bolsa derecha del pantalón para
buscar los cigarros, mis dedos hurgan y encuentran la cajetilla,
índice y medio haciendo pinza con cuidado logran su tarea,
la cajetilla por fin ha quedado fuera de la bolsa, esa misma pinza
les pone en el asiento del copiloto, mientras la hipotenusa desaparece,
tomo mi lugar nuevamente, solo para maldecir al limpia vidrios que
sin preguntar esta embarrando el vidrio con el trapo mas sucio jamas
visto, mis gritos de: “no traigo lana, maestro,”, mezclados
con sus “aipalotra”, como siempre mueven mi conciencia
y me llevan a buscar en el cenicero un par de monedas, no encuentro
nada y no pienso repetir el rito de “hipotenusarme”,
cambiando la luz del semáforo y metiendo primera le grito
“palotranosponemos amarillos”, con su “chale”
y sus gesticulaciones me despide.
Mientras
avanzo una gota de sudor ha caído en mi ojo derecho, cerrándolo
la mano izquierda alcanza la caja de pañuelos desechables
ubicada en el tablero, tratando de sacar solo uno y consciente de
que en pocas y precisas ocasiones lo he logrado, tomo dos pañuelos
los recorro por mi frente, terminan literalmente húmedos,
por ultimo restregó mi ojo derecho, al parecer la molestia
ha desaparecido, un semáforo en rojo me obliga a detener
el vehículo de manera precipitada, sobre todo por advertir
la presencia de un agente de vialidad. Mis manos al volante, hacen
que mis dedos simularan un concierto de piano, esto demuestra mi
impaciencia y me recuerda las ganas que, al menos hace 5 minutos,
tenia de un cigarrillo, recordándolo mientras el semáforo
ha cambiado de luz, arranco nuevamente esta vez tomando la cajetilla
del asiento del copiloto y poniéndola entre mis piernas.
Con
mi mano derecha tomo la cajetilla, además de la cajetilla,
tomo el volante para que la izquierda quede libre para abrir la
cajetilla dura, y sacar un cigarrillo, esa misma mano lo pone entre
mis labios, ahora la mano izquierda se hace cargo del volante mientras
la derecha deja nuevamente en el asiento del copiloto la cajetilla,
tomo ,de entre las piernas, los desechables para limpiar nuevamente
el sudor que me inunda la frente, me seco y consciente de no ensuciar
las calles, tomo el papel y lo guardo en un compartimento que traen
los autos, con el afán de ser depositarios de “basuritas”,
ahí les guardo.
El
filtro del cigarro en mi boca empieza a humedecerse y aun no le
he encendido, busco el encendedor dentro de la cajetilla, lugar
donde generalmente lo guardo y carajo no esta, y es entendible que
no le haya guardado ahí, debido a que la cajetilla es casi
nueva y no permite el espacio que se requiere, para evitar que se
siga humedeciendo el filtro del cigarro, con la pinza que forman
dedos índice y medio, lo retiro de la húmeda opresión
de mis labios y le dejo a un costado de la cajetilla, justo en el
asiento del copiloto. Mi mano derecha, le deja la responsabilidad
de conducción a la izquierda en el volante y va en búsqueda,
por encima del pantalón, del encendedor, pulgar, medio y
anular advierten su presencia justo debajo de las 14 llaves que
forman mi llavero, para poderle sacar de ahí, tendré
que elevar nalgas, tendré que “hipotenusarme”
nuevamente, cosa que no pienso hacer, hasta que la luz roja me pida
detener la marcha del auto, mientras tanto me distraigo viendo los
pendones de los partidos políticos en campaña, que
cuelgan de cada poste de alumbrado, teléfono y de la compañía
eléctrica, ello me lleva a distraerme con el calculo de los
millones de pesos que “sirven” para contaminar las calles,
mismos que el día inmediato siguiente al de elecciones, adquieren
su nombre de origen, basura.
Una
larga fila de autos, dos patrullas de vialidad, y varios conos rojos
de alerta me avisan que el Municipio no ha encontrado mejor horario,
para realizar tareas de recarpeteo asfáltico, detengo la
marcha del auto y encuentro entonces la oportunidad de encender
el cigarrillo, no sin antes hacer el rito, desabrochar el cinturón,
pies firmes al piso, hombros empujando hacia atrás el respaldo,
nalgas arriba, cabeza en posición vertical oprimida, dedos
rastrillo que jalan llavero hacia arriba, le dejan en el justo medio
de la bolsa, le rebasan y hunden en pos del encendedor, dedos pinza
le encuentran, con cuidado le sacan, junto con un par de monedas
que han rodado por debajo del asiento, sin prestar atención
a las monedas, tomo posición, flexionando el codo derecho
llevo mi mano por el lado izquierdo de mi cabeza hasta encontrar
el cinturón de seguridad, lo abrocho y sonriente me preparo
a encender por fin el cigarrillo, elevo mis piernas para que los
muslos opriman el volante y le mantengan en una misma dirección
mientras que mis manos libres, hacen una cueva para que pueda encender
el cigarrillo, un intento, dos intentos un claxonazo de un VW y
la mirada agresiva de su conductor me advierten que los muslos me
han llevado a invadir el carril contiguo, dejo el intento de fumar
y mis manos vuelven al volante, una estridente música de
la “caliente del cuadrante” comienza a sacarme de quicio,
pensando en que mi cercanía con la ciudad pueda encontrar
algo mas suave en la frecuencia modulada, selecciono la opción
del estéreo para buscar por si sola las estaciones, en el
primer intento, una voz nasal advierte a los radioescuchas de una
nueva onda cálida, “ y recuerden amigos, tomen mucho
agua y eviten en lo posible las enfermedades gastrointestinales
típicas de esta época, les recordamos la temperatura
actual en la ciudad es de 39.6 °C”. Siento como una gota
de sudor me pende de la nariz, le remuevo con mi puño y volteo
nuevamente al cigarro, le tomo y ahora si nada impedirá que
lo fume enterito de dos bocanadas.
El
transito sigue muy lento, la fila avanza a 360 ° por minuto,
tomo el cigarrillo y sin mayor problema lo enciendo, doy una larga
bocanada, me relajo.
Continuo
con mi trayecto, me distraigo un poco mientras observo el anuncio
espectacular de un Hotel que con mayúsculas de gran tamaño
da mayor importancia al hecho de contar con 10,000 m2 de estacionamiento,
nada mencionan de lo confortable de las habitaciones, de contar
con salas de juntas, agua caliente, televisión por cable,
restaurante y bar, lo típico, en este caso el mayor atractivo
se reduce a contar con cajones y cajones de estacionamiento, caray
como huésped francamente no entiendo a estos publicistas.
La
ceniza, próxima a caer del cigarrillo, me regresa a los casi
40ºC, a la interminable fila de automóviles que con
desesperante parsimonia avanzan por todo lo ancho y largo de la
Av. Hidalgo, a repasar mentalmente cada una de mis escalas.
Tirar
la ceniza del cigarro mientras el auto esta en marcha es todo un
arte, hay que golpear con “jiribilla” el filtro con
el pulgar, se tiene que hacer un movimiento preciso, como quien
lanza un volado, para evitar que el asiento posterior se convierta
en un grandísimo cenicero.
En
el cruce con la Av. Ejercito Mexicano la mancha de automóviles
ha comenzado a fluir, el velocímetro marca 40 km/hr, con
la vista fija al frente intento atinar al tirar la ceniza del cigarro,
caray ¿Qué hice? , mi mano izquierda golpeo con el
marco de la ventana, el cigarro dejo su marca en el negro empaque
pero además se ha caído de mis dedos, le veo rebotar
contra la palanquita de luces direccionales, da maromas sacando
chispas volteo al frente, todo bien, regreso a la caída en
cámara lenta del cigarro, cae en el asiento en medio de mis
piernas, gira como barril hacia atrás, mis manos toman con
fuerza el volante mientras intento elevarme, usando la mano como
escobeta trato de tirar del asiento la colilla aun encendida, me
distraigo un poco al voltear hacia la ventana y ver como un kamikaze
repartidor de pizzas con hábil pericia, algo balbucea mientras
muestra con encono su dedo medio en posición vertical, cambio
de mano al volante, intento sentarme pero la sensación de
calor en una de mis piernas me ha hecho nuevamente levantarme, en
medio de todo esto me distrae la mirada atónita de una transeúnte
que lleva con una mano una carreola mientras con la otra sostiene
un cono de nieve, la mujer con grandes ojos tiene completamente
abierta la boca, la lengua de fuera buscando encontrar un distante
cono, me dio la impresión que algo quería decirme,
el rechinar de las llantas de un automóvil me advierte su
milimétrica proximidad, el incomodo y megadecibelico coro
de “claxonazos” me tumba sobre el asiento, en posición
perpendicular a mi trayecto y en el costado izquierdo una camioneta
trae como conductor a alguien que presumo se encuentra muy molesto,
al menos eso evidencian su excesivos movimientos de brazos y sus
gritos que no escucho, por el costado derecho las imprecaciones
maternales del conductor de un VW, me resultan mas molestas, una
palomilla de estudiantes de secundaria, con pequeños saltos
y carcajadas golpean el cofre, aun no detengo la marcha del auto
cuando a mitad de la siguiente cuadra distingo al auriazul agente
de transito que acelera el paso rumbo a mi, en medio de esta desconcertante
escena mis brazos se aferran con fuerza al volante e intentan guiar
la dirección a un costado de la acera, a donde nadie se moleste,
por fin detengo la marcha del auto, siento los brazos débiles,
mi cromática apariencia en el retrovisor es de una nítida
ictericia, mis manos tiemblan, alguien asomándose por la
ventanilla del microbús grita un sonoro “pendejo”,
lo único que puedo entender es no haber respetado la luz
roja del semáforo, en medio de este neurótico desconcierto
y tapando los rayos de sol, aparece alguien que me dice .-“Señor
no respeto usted el semáforo, por “poquito” y
causa un grave accidente, sea tan amable de mostrarme su tarjeta
de circulación y su licencia”.-, todavía con
temblorina intento encontrar en la guantera los documentos, me desconcierta
que se encuentre vacía, volteando la piso del auto veo el
estuche azul que estoy buscando, sin embargo mis ojos se detienen
por segundos para leer una y otra vez la leyenda escrita por la
compañía del Sr. Morris “El consumo de este
producto es nocivo para su salud”......-“vial”-
agregue mientras con una irónica sonrisa ,que desconcertó
al agente de transito, entregue mis documentos.
Héctor
González Ibarra
Julio
de 2003
|
La
sonrisa de Mamá Pancha.
Por Rodrigo Morales Mújica.
Moscas, encima, moscas; inseparables aliadas del monzón,
era casi previsible que aquí estarían. Pero, ¿en
verdad no podían hacer hoy una excepción? Como ráfaga
pasaban estos pensamientos por la cabeza de Carlos sin hacer realmente
escala, casi tan efímeros en la memoria como lo serían
a fin de cuentas en este mundo esas negras zumbadoras que se obstinaban
en enmarañársele en el rizado cabello. No, no había
tiempo para distraerse en ellas, por muy repugnantes que siempre
le hubieran parecido. La atención estaba acaparada por las
compresas.
Ese cacharro que Javier y Yoelbi desde hace ya quién sabe
cuánto tenían en el cuarto por radio parecía
haber revivido sus viejas glorias. Aún con la voz ronca y
rasposa, herencia irremediable que el tiempo a su paso había
dejado en sus transistores, se desgañitaba por gritar el
momento. Difícilmente habría jamás tenido la
encomienda de reproducir a distancia santísimas voces, ni
tamaña emoción en ellas. Ni en las noches de lujuriosa
gala desde el Copacabana, ni en la efervescencia de la pelota, ni
siquiera en el sensual llanto de Omara Portuondo queriendo comerse
el micrófono del otro lado del sentimiento, había
esa vieja radio tenido una encomienda como la de esa tarde.
Era
difícil saber de dónde provenían más
gotas, si de los harapos humedecidos que frenéticamente Carlos
introducía una y otra vez en el líquido ya entibiado
a golpe de desesperanza, o de su frente que de tanto escurrir parecía
que terminaría por dibujar surcos profundos y permanentes.
Era muy ilusorio seguir llamándole ‘agua’ a esa
mescolanza rojiza y tibia que de a poco parecería que llegaría
al punto de ebullición, y que más y más roja
se teñía en cada viaje. Ni pensar siquiera en ir a
buscar limpia y fresca, los sesenta minutos que eso tomaría
en el mejor de los casos, sin siquiera motivos ciertos para pensar
que la encontraría, eran ya sin duda demasiados. Si lo peor
habría de ocurrir, Carlos estaría ahí, al lado
de Margarita.
Las
calles del Occidental eran un desierto. Parecía que el país
entero, que el mundo entero, se había ido a otra parte; no
era solamente una impresión. Los que no habían podido
llegar a La Habana estarían al menos en el centro de la ciudad
celebrando eufóricos, así que el marginal barrio zafrero
de Santiago no podía estar más desolado. La radio
encendida parecía ser la única prueba de que esa batalla
se estaba librando dentro de un pequeño cuarto que de verdad
estaba dentro de una pequeña ciudad de un pequeño
país enclavado en un mundo que le quedaba muy grande y muy
lejano. Algún día llegaría en el que Carlos
recordara con orgullo que ellos también fueron parte de lo
que esa tarde alcanzaba el pináculo, ofreciendo un plato
de arroz con plátano o de frijoles criollos a los guerrilleros
a su paso, escondiendo a alguno debajo de la cama (¿donde
más?) o hasta no callándose cuando parecía
que había que callarse. No hay ayuda pequeña, les
habían dicho, y a pie juntillas lo habían aprendido.
Pero esos buenos recuerdos llegarían algún día,
uno que no fuera ése.
Las manos de Mamá Pancha eran impresionantes. Parecía
increíble que ese par de artefactos descomunales, llenos
de llagas y cargados de tantas historias de vida, fueran capaces
de hacer el milagro. Parecía increíble, sí,
pero había que creer. Los gritos de Margarita se confundían
con sus oraciones, como si por rezar más fuerte pudiera hacer
que la plegaria pudiera ser mejor escuchada. “¡Mamá
Pancha, dígame que todo va a salir bien! ¡Margarita
es fuerte, dígame que va a estar bien!”. Las palabras
enardecidas de Carlos eran al tiempo su esfuerzo desesperado por
olvidar los charcos de sangre en los que estaba arrodillado, en
los que sumergía las compresas, los que le obnubilaban la
vista. “Carlitos, no me lo pidas a mí, pídeselo
a nuestro Señor Jesucristo, estamos en sus manos”.
A la corpulenta mujer no le faltaban razones para depositar en manos
de la fe la vida que paradójicamente pendía al tiempo
que de un hilo también de sus manazas callosas, pero a Carlos
no le faltaban tampoco para confiar en ella.
Mamá
Pancha era la partera más socorrida en la oriental ciudad
de Santiago. A ella misma le hubiera sido completamente imposible
tratar de recordar cuántas nuevas almas había traído
a ese mundo en el medio del Caribe. Su rostro cuarteado ya al paso
de las décadas era adusto, y la leyenda contaba que no sabía
sonreír, al menos nadie la había visto jamás
hacerlo. Se decía que por las noches su alma era atormentada
pues se sentía culpable por traer nuevas vidas a sufrir lo
que en la isla se sufría, que no era poco. Era sin duda uno
de los seres más queridos por todos en Santiago, que además
no tenían otra alternativa sino Mamá Pancha para traer
a sus criaturas al mundo. La cantidad ridícula de médicos
que había en el país estaba reservada para la cura
de la resaca de los extranjeros tras sus dionísicas noches
de cabaret, o para tratar las enfermedades venéreas de las
prostitutas, el foco de los ingresos en esa Cuba de siglo veinte.
Quizás
si Carlos hubiese en ese momento tenido cabeza para ello, hubiera
ya hace mucho apagado esa radio cuyas bocinas estallarían
de un momento a otro. No era momento para vítores, sino para
elevar plegarias y tratar de infundirle a Margarita la poquísima
fuerza que le quedaba, apretándose las huesudas y oscuras
manos al punto de añadir aún más sangre a la
escena. Desde el otro lado del aire y de la isla, se escuchaba una
multitud enardecida respondiendo como un sólo hombre al llamado
de la voz desgañitada pero más fuerte que nunca del
Comandante. Soñando en el parque de pelota con tener una
tierra propia, así tenía que ser, y al tiempo que
todas esas voces le hubieran enchinado la piel a cualquiera, su
reproducción en ese instante en una radio a unos cuantos
metros de una sobrecogedora cruzada de vida, no tenía efecto
alguno en sus protagonistas.
El
último grito cubano al unísono coincidió con
el primero de una hermosa mulatita que sería de las primeras
en ver la luz en una patria libre. Carlos, que ya lloraba desde
mucho antes, la tomó entre sus brazos, mientras Margarita
estrujaba la mano de la mujer que había hecho el milagro.
“¿Cómo vas a llamarla, hijo?” preguntó
la partera. Carlos miró a las tres profundo, al tiempo que
respondía: “Esperanza”. Se asomaron entonces
orgullosos, por primera vez, unos cuantos dientes amarillos y deshechos.
Mamá Pancha sonreía.
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