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Hace poco más de dos años, de visita en la ciudad, aproveché para caminar por el Mall y visitar los monumentos a los héroes americanos. Era una tarde de verano, con una leve brisa, sin mucha humedad y con mucha gente en los alrededores. En el extenso terreno de pasto verde bajo el Obelisco, un monumento a George Washington que está frente a la Casa Blanca, grupos de jóvenes universitarios, en equipos mixtos, jugaban hasta diez partidos distintos de softbol. Más adelante, en sentido contrario al edificio del Congreso, cruzando entre más jóvenes y más partidos, caminé hasta llegar al lago artificial al que remata el monumento a Abraham Lincoln, presente en un mausoleo con su figura sentada e impresionante. Precisamente, en la plataforma frente a la enorme figura de este héroe barbado, se han dado los discursos más importantes de los movimientos sociales americanos, como aquél de Martin Luther King sobre su sueño de igualdad o los de las grandes manifestaciones contra la Guerra de Vietnam. No lejos del monumento a Lincoln se encuentran dos instalaciones que recuerdan a los soldados americanos caídos en aquella guerra de Vietnam. Una, la más famosa, es la pared circular de mármol negro brillante que tiene marcados los nombres de los soldados norteamericanos que perdieron la vida hace más de treinta años. En esta estructura de más de treinta metros de largo, quizá más que la interminable lista de seres humanos muertos en Indochina, el drama toma forma en las personas que llegan hasta aquí a buscar y tocar las ranuras sobre el mármol con el nombre de alguien que fue su esposo, su hermano, su padre o su hijo. Estas personas, cuando menos en el momento de mi visita, eran mayores de edad y pocos ocultaban su emoción. La otra construcción, un grupo de figuras humanas de tamaño poco mayor al real, muestra a un pelotón que camina, agotado y bajo la lluvia, cargando mochilas y armas y mirando hacia los lados del camino, más con la vista perdida que atentos a una emboscada del enemigo. En esta instalación, a diferencia de los jóvenes que en la tarde luminosa jugaban pelota o de los mayores buscando nombres en la pared, lo que dominaban eran grupos escolares de secundaria y personas mayores. Fueron, precisamente, los escolares de secundaria, caminando más bien ocupados en mirar a sus compañeras o compañeros, con ropa sobredimensionada y cargando enormes vasos desechables con refresco, que me hicieron pensar en un hecho que me parecía paradigmático: que para estos jóvenes la guerra ya no tenía, como lo fue generación tras generación, las implicaciones que para sus antepasados. En otras palabras, para estos jóvenes, a diferencia de sus padres o de sus abuelos, la guerra no los había marcado como generación. Aquí, para mí no cabe lo que ocurrió en Kuwait, Panamá, Haití, Somalia y hasta Afganistán, donde tropas americanas entraron en acción. Éstas no fueron largas campañas con muchas bajas. Quizá lo que me inclinaba a pensar en las guerras que marcan a una generación completa fue la memoria, muy presente en mi recorrido por estos monumentos, de una conversación que presencié muchos años atrás en una sobremesa en la casa de mis parientes en Nuevo México y que me mostró lo inmerso que puede estar una sociedad en estos asuntos. En esa conversación, que pasó por historias de mi tío Benito González sobre sus encuentros cercanos con tropas japonesas en Filipinas y sobre su colección de rifles de caza, se relataba, por parte de uno de mis primos, sobre un soldado que iba acompañando a un artillero en un helicóptero en una misión en Vietnam y que, al ser herido el artillero y empezarse a caer del helicóptero, el soldado de la historia lo intenta rescatar, quedando expuesto a fuego enemigo, recibiendo una bala que le entro a la cabeza por atrás y que quedo depositada, sin lastimar órganos, entre las dos mitades del cerebro. Esa conversación—me dije entonces—seguramente, con lugares, armamentos, momentos y personajes distintos, se habrá repetido millones de veces en hogares norteamericanos por décadas, muchas veces referidos con orgullo de generación en generación. Sin embargo, precisamente por el costo humano y la derrota final en Vietnam, el ánimo de guerra americano había disminuido por casi tres décadas y los jóvenes, ya sin padres involucrados masivamente en misiones militares en otras tierras, dejaron de oír estas historias de manera cotidiana. Todo esto pasó por mi mente esa tarde calurosa de verano al ver a esos jóvenes norteamericanos recorriendo distraídos los monumentos al sacrificio de sus compatriotas de generaciones pasadas en guerras ocurridas años antes de que ellos nacieran. Sin embargo, aprovechando quizá este olvido y la tecnología de destrucción que han desarrollado en estos treinta años que han pasado desde que los últimos helicópteros americanos despegaron con gente colgando sobre la embajada americana en Saigón, los ánimos de guerra de los Estados Unidos se ha revitalizado y hoy, tras derrotar al ejercito de Saddam Hussein, el futuro americano toma una nueva cara, vestida de uniforme militar y cargada de una parafernalia de armas y municiones que lo mismo matan de uno en uno o a miles en masa. Esos mismos muchachos que vi esa tarde son, ni más ni menos, los primeros candidatos a participar en esta nueva era. Esta guerra contra Iraq, iniciada y ganada en su etapa destructiva con grandes y poderosos arsenales, empieza a mostrar la cara desagradable del principio de una nueva era en la que se está comprometiendo a varias generaciones de americanos para jugar un papel que sólo algunos avizoran, para el que pocos están preparados y que tiene graves implicaciones para quienes son “americanos”: el de policía planetario. Ya vemos, sobre las ruinas de Bagdad, a los jóvenes americanos, aquellos que se reprueban en geografía, tratando de controlar una ciudad de cuatro millones de extraños, tratando de distinguir a un iraquí de un palestino suicida, tratando de entender los símbolos de una sociedad ajena y desmoronada. El ejército americano está preparado, como lo está mostrando fehacientemente, para atacar de lejos o desde las alturas, como si fuera un juego de computadora, no para manejar controlar urbes tomadas a sangre y fuego. Hoy dia en Iraq aparecen los guerrilleros y la ocupación de Iraq, que permite a Estados Unidos—si pueden controlar el vandalismo y el pillaje—controlar la segunda reserva más importante de petróleo del mundo, se complica y no deja de otra a los políticos americanos que decir que no será corta y requerirá de muchos soldados por mucho tiempo. Muchas preguntas me surgieron cuando las primeras bombas cayeron buscan a Saddam: ¿Será tan fácil como parece? ¿Entrarán como héroes a Bagdad después de matar a cientos y quizá a miles? ¿Podrán entrar y salir en unos meses? ¿Cómo llenarán el vació de poder que resultará de la salida de Hussein? ¿Podrán detener los ajustes de cuentas entre grupos internos? ¿Podrán controlar las tentaciones de Turquía, de los kurdos y de Irán? ¿Y qué asegura que no sobrarán mártires, como ya ocurre en Palestina, que se inmolen ciegamente en el nombre de lo perdido? No sé, por lo tanto, si tendré la oportunidad, otra vez en una tarde de verano, de poder caminar por Washington, ver un juego de softbol en los parques frente a la Casa Blanca y ver de la misma manera a los jóvenes adolescentes americanos. Esta vez, quizá, me los imaginaré en la sobremesa familiar, viendo las imágenes cotidianas de vehículos militares en llamas en las pantallas de la TV, platicando del vecino muerto o mutilado mientras circulaba en su Humbee, y los veré reflejados en esas figuras metálicas frente al monumento a Lincoln de jóvenes cansados, cargando sus armas, pero enfrentados al calor extremo del verano de Mesopotamia, temerosos de tiradores que aparecen de la nada cargando un viejo lanzagranadas o de suicidas cargados de explosivos, lejos del verde de los campos de sus amores, de sus autos de ocho cilindros, de sus barbeques en shorts, de sus “reality shows”. Iraq my dear friends, anda dando vida nueva al viejo síndrome de Vietnam. |
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Caminamos entonces hasta el espacio al fondo y nos fuimos a sentar en una mesa adyacente—a un par de metros—a la de estos amigos y de la que se podía ver, volteando noventa grados, a la mesa del “delito”. Los policías, que por su corpulencia y relativa elegancia no eran “de crucero”, no tenían cara de estar borrachos pero sí tenían un par de botellas de vino sobre la mesa que acompañaban a sus cócteles de camarón, de ostión y campechanos. Comían tranquilamente aunque mostraron cierta tensión al aparecernos nosotros y sentarnos a un lado. Me imagine entonces que Cornejo había estado sentado ahí antes y que algún intercambio habría habido antes de que me llamara. Con tranquilidad, quizás demasiada, saque mi equipo de mi pequeña maleta y preparé la cámara poniéndole un lente de gran angular—de esos que abarcan mucho—para no tener que apuntar directamente e intentar, inútilmente, pasar por desapercibido. Sin verlos a los ojos levante la cámara, apunte hacia un lado de la mesa de los policías (pero teniéndolos en el campo que me permitía este lente especial) y tomo una foto. Esta acción, que pensé causaría alguna reacción en los uniformados, no resulto en gesto alguno de los comensales. Cornejo, en un volumen audible mas allá de la sala en la que nos encontrábamos, me pidió que tomara una fotografía del personaje de civil. Dado que era inútil ser menos discreto que mi compañero y que había aceptado el reto de tomar las fotos, esta vez me levanté un poco de mi lugar y apunté mi cámara hacia el citado personaje. Para mi sorpresa, nada pasó. Entonces me acordé que traía un rollo de 36 impresiones y decidí—casi como si fuera fotógrafo de Vogue tomando fotos para una portada—que debía tomar más fotos. Esa tercera toma fue la última. En contraste a los minutos previos, la reacción de los uniformados fue rápida y ruidosa. Uno de ellos, unos diez centímetros más alto que yo y obviamente mejor ejercitado, se levantó de la mesa vociferando, se dirigió hasta mi, me tomó del brazo, me arrancó la cámara de las manos y me llevó jaloneando hacia la calle por el mismo pasillo que había recorrido unos minutos antes con el Jefe Cornejo. Yo, esperando algún golpe, me hice como de trapo y me dejé llevar por la fuerza del hombre de azul y botas negras. A medio camino hacia la puerta me preguntó, enojado, quién era yo. Yo, sin otra identificación que mi licencia, se la di como pude mientras él me jalaba fuera de la ostionería. Una vez afuera dimos vuelta a la izquierda y me llevó hasta unos locales mas adelante a un estacionamiento donde había un par de patrullas, me metió en la parte posterior de una de ellas y cerró la puerta. Cornejo, de quien no supe nada en esos dos minutos que se me hicieron eternos, fue metido por la otra puerta y encerrado conmigo en la patrulla. Él, una vez adentro, siguió una discusión que parecía llevar mas rato con uno de los policías. Para mi tranquilidad el acelerado era Cornejo y no el policía. Cuando volteé a ver lo que pasaba de mi lado del coche vi como uno de los policías trataba de abrir la cámara y él, al verme, tuvo la iniciativa de pedirme que la abriera. Yo no lo pensé mucho y asentí abrirla. Cornejo, al darse cuenta de lo que yo hacía, me empezó a regañar. Yo creo que nunca en mi vida de empleado me haya importado tan poco la orden de un jefe. No iba a arriesgar el pellejo por algo que ya me estaba pareciendo un capricho ajeno que solo pretendía estropearle la comida y la digestión a un conjunto de individuos solo por el hecho de estar uniformados. Sin inmutarme, abrí la cámara y se la pasé al policía quien, casi con desesperación, jaló del rollo hasta que no hubo más que sacar. Cornejo, sin bajarme de “pendejo” y “maricón”, se olvidó de los policías y la tomó conmigo. El policía, con el rollo de fuera y para asegurarse por completo de que no quedaba nada, abrió el cartucho que lo contenía. Entonces fue que los uniformados se juntaron en un grupo y pusieron a hablar entre sí, lo que basto a que Cornejo para empezarme a decir que, ahora sí, “nos iban a madrear”. No fue así. Dos policías, uno de ellos el que me sacó del restaurante, se subieron a la patrulla y el que manejaba arrancó el motor. Los otros policías, en otra patrulla y tres motocicletas, hicieron lo mismo. Nuestra patrulla salió primero del lote del estacionamiento dio vuelta hacia San Cosme y tomo dirección hacia Bellas Artes. Mientras el auto iniciaba su recorrido hubo unos instantes de silencio, lo cual solo aumentaba la tensión. Para romper el silencio—y la tensión—se me ocurrió una pregunta técnica sobre un radar que por ese entonces se suponía (porque así se había reportado en periódicos) se había instalado en las patrullas de la policía del DF y que—se decía—registraba por alguna magia tecnológica las placas de los automóviles que superaban los límites permitidos de velocidad. El que manejaba, enojado, me respondió de mala manera que no me iba a decir nada sobre el asunto, lo cual asumí como una recomendación a permanecer callado. Entonces Cornejo entró en acción: les empezó a mentar la madre y a decirles que no sabían con quién se estaban metiendo, que el era un hombre muy influyente en el Cuarto Poder. Los uniformados, enojados para mucho más tranquilos que en los momentos en los que nos sacaban del restaurante, no se alteraron por los recordatorios a sus progenitoras y demás leperadas en su contra, y le preguntaron a Cornejo por qué su credencial de periodista estaba incompleta. Mi circunstancial jefe, de quien para entonces empezaba a percibir un aliento que mostraba una alta graduación alcohólica en su sangre, les volvió a recordar el 10 de mayo y, tras buscar con sus manos en los bolsillos de su saco, sacó una cajetilla de cigarros, sacó uno y, con la mayor decencia del mundo, les pidió fuego a nuestros captores. Los policías, en el mismo tono, le dijeron que estaba prohibido fumar en la patrulla. Cornejo, sin decir más, guardó su cigarro. Al llegar frente al Palacio de Bellas Artes uno de los motociclistas nos alcanzó y pude ver que la llanta trasera de su motocicleta se había ponchado. Cuando subí la mirada para verlo él me la regresó con una expresión de enojo que me echaba la culpa de todos sus contratiempos. Nuestra patrulla redujo su velocidad, hubo un corto intercambio de palabras y el motociclista, quizá todavía masticando algún pedazo de camarón, se quedó atrás. El resto del grupo tomamos rumbo a la calle de Madero por donde circulamos hasta el Zócalo, dimos la vuelta en Pino Suárez y, allí donde empieza el Viaducto Tlalpan, dimos vuelta a la derecha y llegamos a Tlaxcoaque, lugar donde estaba ubicado el cuartel general de la policía del Distrito Federal, dirigida entonces por el famoso Negro Durazo. Continuará... |